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martes, 11 de noviembre de 2014

Entre Antígona y la Reina Sofía: leyes familiares, leyes no escritas


Hasta por lo que hoy sabemos, la infanta Cristina de Borbón y Grecia está imputada por un delito de fraude fiscal y evasión de impuestos. Pese a esto, la Corona no dice nada, y cuando se ha pronunciado ha sido a favor de la infanta. Tenemos imágenes de nuestra antigua reina griega saliendo con su hija e hijo político muy sonriente de un hotel de Nueva York. ¿Estamos ante una nueva Antígona? POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO HLGE

Cada trimestre, como ocurre desde que estoy en la enseñanza, obligo a mis alumnos a que lean una obra latina y otra griega. Evidentemente, se trata de traducciones al español, pero siempre he considerado que no basta con que un alumno aprenda latín y griego, pues tengo por seguro que de eso se van a olvidar. Sin embargo, sé que si leen algo de literatura latina y griega, aunque sea traducida, de eso sí que tengo la certeza de que difícilmente se van a olvidar.

El hecho es que este trimestre les pedí a  mis alumnos que se leyeran dos obras,  a saber, la Antígona de Sófocles y la Aulularia de Plauto. Hace un par de semanas les hice cuestiones del tipo de si era Antígona una heroína, mártir o masoquista, o si era responsable Creonte de la muerte y desgracia de Antígona o cómo describe Sófocles el poder absoluto en Antígona, entre otras cuestiones.
Mi idea, sin explicarles todavía qué significa la hybris griega, era saber cuál era el mensaje recibido y, con sinceridad, era el que me esperaba.


Para ellos, la heroína es Antígona. Son adolescentes, se enfrentan ante el poder fáctico de su tío, un adulto. No esperaba menos. Todos los que hemos estudiado clásicas sabemos que ambos, Antígona y Creonte, faltan, porque son soberbios y no son capaces de ser dúctiles o tener tacto.

Ahora yo les pongo un ejemplo nuevo. Supongamos que la hermana del rey ha cometido un delito. La cuestión es: ¿debe el rey seguir las normas dictadas por la lealtad a los familiares (cosa que ha hecho su madre y antigua reina griega Sofía) y dejar libre a Cristina, o debemos seguir las leyes dictadas por Creonte, de que cualquiera que cometiere delito debe ir a la cárcel?


Por ahora, respecto al libro de Antígona según mis alumnos, gana Sofía. ¿Qué opináis vosotros? POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO HLGE

sábado, 8 de noviembre de 2014

Morir en Grecia... para vivir siempre

Llevo ya unos meses disfrutando de una estancia académica en la Universidad de Oldcastle. Ustedes se preguntarán por qué he tenido a bien abandonar las tierras meridionales para vivir en este frío constante y este otoño casi eterno. Pues bien, me encuentro aquí recopilando los versos del poeta post-romántico y bohemio Edmund James (1889-1965),  El poeta nació en la ciudad inglesa de Oldcastle y falleció setenta y seis años más tarde en Venecia, sumido en la "sublime indigencia", como él mismo quiso llamar a su ruina. En estos momentos preparo una antología de sus versos y una traducción al castellano. Ofrezco a continuación una primicia, como es la traducción parcial de su desconocido poema "Morir en Grecia... para vivir siempre", que cambió el sentido estético de una época. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Para María José Barrios, incondicional lectora de James

Se trata de unas cuartillas bien escritas, con una caligrafía primorosa y propia de quienes han renunciado a cualquier medio mecánico de escritura que vaya más allá de una pluma. Por problema de derechos, no puedo ofrecerles aquí la reproducción facsímil de la primera página o, en especial, aquella donde aparece el bello poema "Dying in Greece", que comienza con el insuperable verso: "About failures... I know everything". Les voy a ofrecer ahora un conato de traducción, aún a sabiendas de que mis palabras no recogen la intensidad de unos versos escritos casi en los últimos días de la existencia de Edmund James, cuando la miseria se asociaba con los bellos ocasos de la ciudad de los canales. James, por lo que parece, se inspiró en la imagen de Lord Byron y en el hecho de que todo lo que la vida nos pide es "vivir para morir intensamente". El poema crea la imagen antagónica del sujeto gris y mezquino que sólo vive para ahorrar y cifrar su vida en esa "forma de muerte que es el aburrimiento". "Para vivir", nos dice James en uno de sus escritos, "es preciso fracasar", equivocarse con la misma intensidad con que "los pájaros surcan los ciegos ocasos". Pues bien, les ofrezco ahora, por primera vez en versión española, el comienzo del poema:

"Acerca del fracaso...
todo lo sé. Ya no lo temo,
pues libre estoy
de esperanzas y empeños.

Mi vida no ha sido más
que un completo despropósito
de afanes irrealizables,
de falsas frustraciones.

Pues bien, quiero morir en Grecia,
de pie, ante el sol,
y reírme de aquellos que hicieron
de su vida un triste acopio de éxitos."

He renunciado a los matices que recuerdan a Dickens cuando nuestro poeta habla más adelante de los "hombres grises, administradores implacables de una vida entre barrotes de humana miseria", prefiriendo quedarme con la idea pura y desnuda de esta denuncia vitalista. En definitiva, Edmund James fracasó porque vivió, y vivió porque fracasó. Me quedo con esa idea, tan estoica de estar "free of hopes and purposes...".



martes, 28 de octubre de 2014

Lecturas y censuras: historias no académicas

Leer a los clásicos en la actualidad es una actividad relativamente sencilla, al menos desde el punto de vista del acceso a las obras de los autores, pues es innegable el hecho de que jamás fue tan fácil tener libros y, en buena medida, tan barato. Por otra parte, los lectores de tercer milenio dispondremos de un acervo literario riquísimo, tanto de literaturas antiguas como modernas. Pero no siempre fue tan fácil. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.Los lectores actuales, por lo demás, ya no tenemos que escondernos de las censuras ni arriesgar nuestras vidas para leer autores que en otra época estuvieron proscritos. Todavía en el siglo XIX se condenaba la lectura de algunos clásicos latinos por impíos, y hoy día podemos adquirir una traducción de los Coloquios de Erasmo en unos grandes almacenes sin que nos denuncien por herejes. Esta no era, ciertamente, la situación de aquel humanista de la localidad extremeña de Barcarrota cuando tuvo que emparedar algunos de sus más queridos libros, como el Lazarillo publicado en Medina del Campo en 1554 o una edición de la Lingua, de Erasmo (Jesús Casas Murillo, Una edición recién descubierta de Lazarillo de Tormes. Medina del Campo, 1554, Mérida, Junta de Extremadura, 1997). No es necesario remontarse al Renacimiento, pues en pleno siglo XIX podemos asistir a una auténtica cruzada contra los clásicos abanderada por el ultracatolicismo del abate Gaume, persona hoy desconocida, pero que en su momento tuvo una gran repercusión ideológica. El propio Menéndez Pelayo fue acusado de “pagano” por escribir un prólogo a la traducción de los Idilios de Teócrito de su amigo Ignacio Montes de Oca. Fue, precisamente, el poeta Lucrecio quien acaparó buena parte de las críticas, debido a su impiedad, como podemos leer en la Historia de la Literatura Latina de Martín Villar y García:

“El poema didáctico de Lucrecio, titulado De rerum natura, contiene la doctrina de la filosofía epicúrea, que habiendo empezado como una secta de apariencia elevada, degeneró en grosero materialismo que hacía consistir la felicidad en la satisfacción del placer, y no en los goces del espíritu y señorío de las pasiones como había enseñado el fundador Epicuro. En esta funesta degeneración pasó a los romanos la escuela del filósofo de Samos con todas las absurdas máximas que la habían hecho lisonjera y popular; y no contribuyó poco a que se desataran sus vínculos religiosos y se precipitaran violentamente por el sendero de la corrupción. Reducido todo a la materia, niega la existencia de la vida futura quitando así todos los estímulos a la virtud, y como consecuencia de este absurdo principio, niega también la espiritualidad del alma y su existencia distinta del cuerpo. Tal doctrina debió forzosamente contribuir a la desmoralización de Roma que veía levantar al vicio. Ídolo que adoraba, un monumento magnífico: sensible extravío del genio, que repetidamente se manifiesta en la literatura romana.” (Martín Villar y García, Historia de la Literatura Latina, Zaragoza, 1875, p. 118)

No todas las lecturas son las mismas ni tan siquiera en una misma época. Así lo vemos en el tono bien diferente que emplea entre 1839 y 1841 un doctorando alemán acerca de los textos de Lucrecio y el epicureísmo. Se trata de Carlos Marx, quien nos ha dejado siete interesantes cuadernos relativos a esta etapa:

“Así como la naturaleza en primavera se acuesta desnuda y, por así decir, segura de su victoria, pone a la vista todos sus encantos, mientras que en invierno cubre sus vergüenzas y su desnudez con nieve y hielo, de igual modo se diferencia Lucrecio, el fresco, audaz, poético señor del mundo, de Plutarco, quien envuelve su mezquino Yo en la nieve y el hielo de la moral.” (Karl Marx, Escritos sobre Epicuro (1839-1841). Traducción, presentación y notas de Miguel Candel, Barcelona, Crítica, 1988, p. 156)


En esta apreciación sobre Lucrecio nos damos cuenta de que lo que cobra una gran relevancia es la particular lectura que ha hecho de sus versos un lector moderno. La historia de una literatura puede entenderse, dejando a un lado los principios positivistas, como la historia de las distintas lecturas que se han hecho de ella a lo largo de los siglos, sobre todo si se trata de una literatura como la clásica grecolatina. Hasta tal punto es importante el estudio de las lecturas que la historia de éstas puede constituir una suerte de historia alternativa y no necesariamente académica, frente a las historias al uso, que tiende a rescatar generalmente una sucesión de datos. Desde hace unos años, y desde posturas muy cercanas a las de la “estética de la recepción” de Jauss, venimos defendiendo la posibilidad de plantear una historia de las lecturas de la literatura grecolatina en los autores modernos, desde el siglo XVIII hasta nuestros tiempos. Esta historia es la que, precisamente, da cuenta de la vitalidad, y nos ofrece datos a menudo distintos de aquellos que podemos extraer de las historias académicas. Pero para que exista un historia no académica de la literatura grecolatina tiene que haber, evidentemente, lectores (pues los autores ya no están vivos entre nosotros), y no basta con los filólogos clásicos u otros especialistas. Generalmente, el acceso a los autores clásicos ha venido dado por medio de dos vías: por un lado, el paso por la escuela, que permite acceder a ciertos autores que podemos considerar como el canon escolar, y, por otro, el acervo de distintas lecturas, sobre todo aquellas que remiten a otros libros, lo que va configurando en el lector una suerte de “antología inminente”, en palabras de Alfonso Reyes.
Francisco García Jurado H.L.G.E.

lunes, 13 de octubre de 2014

La magia de la formación de las palabras




Suele ser el fino olfato lingüístico de mis buenas amigas, como es el caso de Rosa Ruiz y de Inmaculada Collado, el que a menudo me ofrece pistas para escribir alguno de estos blogs donde pienso en alto acerca del lenguaje. En este caso, las dudas que Inmaculada ha expresado en facebook acerca de si es correcto "implicamiento" o "implicación", o bien "desmantelación" o "desmantelamiento", me han animado a escribir estas líneas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Las cuestiones a menudo tienen un componente de reto y, a la vez, de trampa. Si se nos pregunta cuál de las dos palabras es correcta, "implicamiento" o "implicación", tendemos a dar una respuesta electiva y directa que nos saque de la duda, pero a lo mejor nos olvidamos de lo más curioso: en caso de que "implicación" sea la forma, digamos, correcta, por qué alguien ha llegado a generar la palabra "implicamiento". Formar palabras supone un trabajo a menudo arduo y repleto de senderos sinuosos. Las palabras no suman sus componentes al mismo tiempo, sino poco a poco, como en un proceso de sedimentación que hace que, especialmente en algunas lenguas, no todo sea posible a la vez. Por ejemplo, yo puedo decir "descerebrado", pero no existe, o no es posible, el correspondiente adjetivo "cerebrado", acaso porque no hace falta. Puedo decir "tolerable" e "intolerable", pero al correspondiente "tolerar" no puedo contraponer un "intolerar". "Implicar" es un verbo precioso que tiene que ver con la idea de "plegar". Curiosamente, lo que tiene un solo pliegue es "simple" (del latín simplex), mientras lo que presenta muchos es complicado o complejo. Ya en latín se creó un sustantivo implicatio al tiempo que un implicamentum para referirse a ciertas envolturas. Pero ambos sustantivos se crearon sobre un verbo im-plico  ("envolver", "implicar"). Así, pues, al latín le debemos este pequeño milagro de un concepto que luego hemos utilizado tantas veces cuando queremos relacionar una cosa con otra "envolviéndolas". Son palabras cultas (el latín plico da en español "plegar"), y seguramente ya no fue necesario más que adoptar una de ellas, cuando dejamos de tener conciencia cierta de la diferencia habida entre los sufijos -tio y -mentum (el primero tiene que ver más con el acto en sí, y el segundo con el producto de este acto). En castellano, "implicación" ha pasado ya como una palabra entera, sin conciencia de su antigua formación latina (primero im-plico y ya después implica-tio). Si alguien utiliza, sin embargo, "implicamiento", quizá esté dejándose llevar por la analogía con otras palabras acabadas en "-miento", como "sufrimiento" o "lucimiento". En el caso de "desmantelamiento" y "desmantelación", el camino ha sido, curiosamente, el contrario. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 27 de junio de 2014

Solemnidad y amistad: labrar un recuerdo

Ya he regresado de Ámsterdam feliz y cargado de recuerdos indelebles. A la mañana siguiente de mi regreso veo que Rocío Rosa me ha enviado parte de las preciosas fotografías que tomó durante el miércoles 25 de junio. Es buena fotógrafa y capta el alma, no puedo decir más. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A Rocío y Cristian, para quienes el futuro es nuevo cada día


Fui estudiante en Holanda, durante los míticos tiempos en que realizaba mi tesis doctoral. Entre verbos latinos de vestir y concordancias de léxico puedo encontrar, aún en mi recuerdo, el sonsonete de los tranvías amarillos y parte de ese característico barullo que siempre hay (y habrá) en el Rokin. La tesis doctoral de Cristian Crusat me ha devuelto a aquellos días, ahora no como doctorando, sino como tribunal de su propia tesis. Es una gran tesis que nació, por cierto, del flechazo académico que ambos sentimos cuando el profesor Fernando García Romero nos presentó hace muchos años en la Complutense. Pocos temas se prestaban tanto a aplicar la noción de “Historia no académica de la literatura” como las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Al cabo del tiempo Cristian ha podido terminar su tesis y defenderla, y yo he tenido el honor de darle el título, por gentileza de sus promotores, la profesora Ieme van derPoel y el profesor Pablo Valdivia.
Fue un día más que emocionante, en la preciosa capilla de la universidad, por donde tantas veces había pasado yo mismo mientras pensaba en mi trabajo de tesis. El acto de la defensa de la tesis fue solemne y se atuvo a los ritos preestablecidos por el protocolo. Me encantó vestirme de “Erasmo” con mi buen amigo el doctor Albadalejo, que también entró en el juego con el buen humor que era esperable en él. Tras la defensa, Cristian nos ofreció un cóctel en la planta baja del mismo edificio, donde todo el mundo se fue marchando después “a la holandesa”.
Yo le había prometido que no me marcharía (por ello me quedé un día más en Ámsterdam). Así que tras este cóctel nos fuimos a comer después tanto Cristian como Rocío Rosa y una amiga común de ellos, Luisa, que ha comenzado una nueva vida en Holanda.
Aquí comenzó la etapa más entrañable de ese día, sin cuyo complemento toda la solemnidad de la mañana se hubiera quedado desnuda. Gracias a aquella comida distendida y amable en un típico coffeshop holandés fuimos tomando cierta conciencia de lo ocurrido unas horas antes. Tras un descanso, sobre todo para que los nervios acumulados por tanta emoción se relajaran, quedamos luego, a las ocho, Rocío, Cristian y yo para ir tomar algo en el café De Jare, tan cercano a la propia Universidad de Ámsterdam y a todos mis recuerdos (allí habíamos tomado una cerveza el profesor Jan de Jon y yo en otro tiempo, tras una búsqueda sistemática de un verbo latino en las entonces primitivas concordancias electrónicas de Cicerón).

Rosa llevó su cámara de fotos y en realidad aquellas horas restantes, mientras la noche se cernía sobre los canales y las luces cálidas dominaban el café, terminaron siendo mágicas.
Recordamos algunos cuentos de Cristian, en especial aquel que recrea a un profesor en Marsella que, precisamente, había hecho su tesis sobre los verbos de vestir en latín (y mientras él escribía este cuento, yo, sin que casi nadie lo supiera, estaba en Marsella), hablamos de las luces de Ámsterdam prendidas en las pupilas de la Albertine de Proust, de un poema de Safo donde se habla de la contemplación amorosa y de los días que duran para siempre, según Cavafis. Aquella tarde-noche se volvió el broche sutil de un gran día, al igual que el paseo que después dimos, pues yo quería acompañarles hasta su casa, entre canales nocturnos.
Rosa quiso hacer una fotografía a una puerta rodeada de naturaleza, lo que me trajo una extraña sensación de cercanía a la infancia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 19 de junio de 2014

¡Viva la república! La muerte de Lucrecia

La identificación de los monarcas con los tiranos se puede encontrar ya, naturalmente, en la propia Historia Antigua. Tarquinio el Soberbio, el último rey etrusco, ha pasado a la historia como déspota y corruptor de virtudes. La cobarde violación de una honrada matrona, Lucrecia, desbordó el vaso que terminó dando lugar a la república romana. Lucrecia decidió el suicidio antes que el oprobio o la humillación. El episodio ha encontrado luego su relectura moderna en todos aquellos que alimentan el anhelo por la renovación y la regeneración política. El pintor Rosales y el dramaturgo Leopoldo Cano pusieron moderna imagen y voz al terrible y, a la vez, ejemplar episodio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Leopoldo Cano compone en 1884 La muerte de Lucrecia, cuya fuente literaria clásica se encuentra al final del libro I del Ab urbe condita, de Tito Livio (Liv.1, 57-59). El argumento, entendido ya desde la ciencia histórica del XIX como parte de la historia mítica de Roma , tiene todos los ingredientes que lo hacen interesante para los gustos de la época: la tensión entre la intachable virtud de Lucrecia con el acto de la violación a manos de Tarquinio, que se ha consumado antes de que comience la obra, seguido todo ello de la truculenta escena del suicidio de la heroína en la escena final, donde no puede obviarse su relación con los gustos de la pintura histórica, a la que se alude explícitamente.

He aquí uno de los pasajes fundamentales de la obra, rebosante de patetismo:

"LUCRECIA. ¡Acercaos!
No perdáis ni una frase de esta historia
y escribidla con sangre de tiranos.
Bajo este honrado techo
halló hospitalidad un hombre osado,
que en nombre de mi esposo la pedía;
y, antes que despuntase en nuevo día,
oí desde mi lecho
el ruego vergonzoso del malvado.
¡Era Sexto Tarquino!
Al ver por mi desprecio y energía
que, al deshonor, la muerte prefería,
«Cede a mi amor,» -me dijo el libertino-
«que aún puede ser tu suerte
mucho más espantosa que la muerte.»
«Si mi ruego amoroso
rechazas, sobre el lecho de tu esposo
haré poner un siervo degollado
y diré a Roma entera
que fue de esta manera
por infame adulterio castigado .»" (...)

Saca un puñal rápidamente y se le clava en el corazón. Todos lanzan un grito de horror. Séptimo Lucrecio y Publio Valerio sostienen a Lucrecia. Colatino cae desfallecido sobre el lecho, y Junio Bruto, tomando el puñal que le entregara Lucrecia, cuando lo indique el diálogo, se aleja del grupo principal, de manera que todas las figuras queden en la disposición que ocupan en el cuadro de Rosales."

Imaginamos que el interés por este asunto de la historia de Roma guarda asimismo relación con el del florecimiento de las novelas históricas, volcadas, por aquel entonces, en el nacimiento del cristianismo, como es el caso de Fabiola o la iglesia de las catacumbas, de N.P.S.Wiseman, editada en 1854 , así como de la decadencia de Roma, de la que pueden encontrarse versos en el drama de Lucrecia. El propio Leopoldo Cano tiene una composición titulada "El triunfo de la fe" , que, fiel a los gustos truculentos del momento, se deleita en la muerte de una pequeña niña cristiana en la arena. Debido a la rareza del texto, y a su posible interés para la historia de la novela histórica en España, nos permitimos reproducirlo:

"Ancha es la sacra vía/que va al Anfiteatro, y todavía/a su pesar se funde y se codea/el pueblo-rey, con la canalla aquea./Himnos de gloria, lúdicas canciones,/acentos de dolor, imprecaciones,/se mezclan en extraño desconcierto./Ya el crujir de la férula, que hostiga/los corceles de rápida cuadriga,/que transporta al pretor... y a su liberto;/ya el gruñido estridente del beodo,/que danza con abyecta cortesana,/al caer desplomado sobre el lodo,/lecho nupcial de la impureza humana;/ya una risa que acaba en un quejido;/ya un lamento, seguido de una nota/que espira sollozando, apenas brota/de címbalo sonoro mal tañido;/todo a la vez resuena confundido/y dice, en las palabras de ese idioma/ en que se explica un pueblo conmovido,/que hoy es gran día y se divierte Roma./Por la fiesta, el Edil dejó el Consejo;/apoyado en su báculo va el viejo,/arrastrando su cuerpo hacia la cuesta/donde el Anfiteatro se divisa,/y la toga pretexta/recoge el joven, por andar de prisa./En vano algún líctor, con golpe rudo,/ por abrir paso al senador ceñudo/flagela al vil esclavo, hijo de Grecia,/que su aviso colérico desprecia;/el esclavo se aparta/rechazando el empuje que le ahoga,/mas no bastante, y la romana toga/se roza con la clámide de Esparta./La muerte el extranjero merecía,/mas hoy el senador es tolerante;/a su adusto semblante,/como rayo de luna en noche umbría,/una sonrisa de placer asoma..../que un tigre envidiaría./Hoy correrá un raudal de sangre impía;/hoy se divierte triunfante Roma./ Mira allí al patrono y su cliente/ y al altivo Pretor, a quien saluda/ un parásito vil, humildemente;/hacia el Anfiteatro van sin duda./ Turba de histriones con alegre coro/el ritmo imprime de grotesca danza,/y, muellemente reclinada, avanza/en su litera de marfil y oro,/la meretriz procaz, casi desnuda,/que el cuello de nieve/acaso más valor en joyas lleve/que pudiera costar la tribu entera/de los siervos que llevan su litera./Se ríen los histriones; sonríe la ramera,/y no les faltan, en verdad, razones./Han traído de Libia una pantera/y un gladiador responde de la fiera./Hoy se derramará sangre cristiana/y al Circo va la alegre caravana./Hoy es día feliz, día de broma,/pues con la sangre se divierte Roma./¡Grandioso Anfiteatro! ¿Veis el solio/que ocupa aquella escuálida persona/pálida, como muerto con corona?/ Pues ha costado más que el Capitolio./Rojo dosel, con arrogante emblema,/se refleja sangriento en su diadema;/ perlas hay a sus plantas/tachonando el cojín; pero son tantas/y de modo tan triste resplandecen,/que torrente de lágrimas parecen/de las madres cristianas, que han llorado/a los pies del verdugo despiadado./Cien mil espectadores/se agitan en la inmensa gradería; en el pódium, los graves senadores,/para ver de más cerca la agonía/ de una niña, que al medio de la arena/empuja un gladiador. ¡Soberbia escena!/La fiera va a salir. Llegó la hora./Se aleja el gladiador, la niña llora;/la plebe ruge; el bronce toca a muerte;/el rey bosteza; el pueblo se divierte./¿Quién es la niña? ¿Cuál es su delito?/¿Por qué la turba con salvaje grito/su aparición saluda?/Miradla triste, resignada, muda,/sin temor, sin orgullo y sin enojos,/pues es cristiana, y sufre los agravios/sin entreabrir las rosas de sus labios,/sin llorar por los cielos de sus ojos./Su mano hace una cruz, y en ella imprime/el beso ardiente de la Fe sublime./¡Qué ternísima escena!/Es la rosa besando a la azucena./Ha buscado el suplicio, y no es suicida,/porque va a conseguir la eterna vida./Se humilla y vence. Cuando muere un lirio,/al cielo va su delicado aroma;/el alma se sublima en el martirio/cuando el mísero cuerpo se desploma./¡Piedad! dice una voz. ¡Inútil ruego!/ Es implacable el populacho ciego,/El César hizo la señal de muerte/y su pueblo con sangre se divierte./¡Impía Roma! De tu ley severa/es digno ejecutor esa pantera./Tu víctima sucumbe; un raudal brota/del níveo seno por la horrible herida;/pero toda esa sangre, gota a gota,/abrasará tu frente maldecida./El héroe muere, pero no su ejemplo./Lo que es Circo, mañana será tu templo./No celebres tu efímera victoria;/en ese Anfiteatro has erigido/un pedestal al mártir, que ha ceñido/el lauro inmarcesible de la gloria./Escucha el alarido de la guerra./El coloso de cieno se derrumba./¡Pesa mucho la losa de una tumba/que mártires encierra!/¡Roma cruel! No vistas férrea malla/ni acudas presurosa a la muralla./Has de morir. Herido está de muerte/el pueblo que con sangre se divierte!"

Llama la atención esta viva descripción de una Roma no exenta de exotismo, personalizada en la meretriz cargada de joyas, frente a la pobre niña cristiana, que hacen moverse el texto entre una Salomé y una Fabiola. Francisco García Jurado

domingo, 1 de junio de 2014

Sobre ferias del libro y otras vidas

"Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". De esta forma tan propia de un pensador presocrático nos recuerda Borges la feliz y, a la vez, trágica condición múltiple de los seres humanos, pues, ciertamente, tras los años nos damos cuenta de cuántas encarnaciones hemos sufrido dentro de una misma vida. El niño soñador, el adolescente altanero, el joven ambicioso, el varón incipiente que quiere vivir todas las vidas posibles, el hombre maduro que mira hacia atrás sus errores..., y no sé cuántas me esperan. La feria del libro es, tanto con las presencias como con las ausencias, parte de ese escenario donde han paseado esos diferentes seres que siempre leyeron. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que fui a la feria del libro. Lo hice en compañía de mi abuelo. De aquella tarde gloriosa recuerdo el olor a lluvia del Parque del Retiro, el aroma a libro nuevo y un cuento de las fábulas de Esopo que me llevé como regalo de mi propio abuelo. Después, siempre que pasábamos por el quiosco de prensa donde mi abuelo compraba sus periódicos, intentaba evocar en la memoria olfativa ese momento sublime de una tarde de lluvia en el Retiro. Al cabo de los años fue ya con mis padres, y por la mañana de un sábado o domingo, con quien acudí a la feria. Me atraía entonces ya cierta literatura, como una edición preciosa de unos cuantos sonetos de Miguel Hernández (reproducida en la ilustración), o El contrato social de Rousseau. También acudí sólo a la feria, en especial una tarde de sábado tras haber terminado mi segundo curso de filología clásica (inusitadamente, había dado fin a mis exámenes muy pronto). Fue aquella tarde cuando compré la novela Rayuela de Cortázar y creí escuchar por megafonía el estruendoso título de un libro escrito por alguien desconocido que al cabo de unos años llegaría a ser famoso. También la feria supuso el paseo con las contadísimas novias que he tenido, y un momento para compartir lo poco que he sabido compartir: el amor a los libros. Todas esas tardes quedaron en el recuerdo, perdidas como se quedan atrás los carteles en las carreteras, con la certidumbre de que fueron efímeros y plenamente pasajeros. Ya no voy a la feria. Recuerdo que, cuando publiqué mi libro sobre Borges y la Eneida, el editor, que jamás me dio un duro, sugirió que podía firmar ejemplares allí. A mí aquel acto me espantó, no tanto por el hecho de ir allí a firmar, sino por la cara de circunstancias que se me pondría al ver que, a lo sumo, un par de lectores vendría a que se lo firmara, y acaso por equivocación. Todavía recuerdo esa cara de circunstancias en el rostro de algunos escritores aspirantes a famosos. La vanidad es una enfermedad del alma. Salvo excepciones, los "escritores" que más público acaparan son los mediáticos y, sobre todo, los que publican libros de autoayuda diversas. Esto es inevitable, pues un editor necesita vender libros, cuanto más mejor. Los tímidos libros que han salido de mi mano han estado seguramente en la feria, pero abandonados a su pobre suerte ya desde su nacimiento. No sé, tampoco, si algún día de estos volveré por la feria. Hace como tres años regresé porque un amigo firmaba libros. Ya ni tan siquiera me atengo a estos compromisos. En cualquier caso, quizá no tenga el valor de pasar junto al niño que va con su abuelo, el chaval que acude con sus padres una radiante mañana de sábado, o el joven dichoso que acaba de terminar segundo de clásicas. En mi particular feria hay ya demasiados fantasmas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 28 de mayo de 2014

Dos imágenes: políticas y nostalgia, o el tiempo recobrado


Este blog no trata sobre política, sino que pretende hacer una lectura de dos imágenes que se han superpuesto en mi "retina de la memoria". Cuando el flamante líder de "Podemos", por cierto colega universitario de la Complutense, apareció celebrando su inesperado triunfo electoral, me vino a la mente una antigua imagen de Felipe González, joven y arrollador. No se trata de parecidos ni de cuestiones comunes, sino de una atmósfera que ya no es reconocible en la encorsetada política actual. Se trata de unas personas jóvenes con las que no comparto mayores afinidades, pero en las que sí puedo reconocer ilusiones perdidas en el tiempo. Esta es la breve crónica de mis impresiones, conscientemente imprecisas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Hubo unos tiempos en que, aunque hoy parezcan irreales, la gente sintió ilusión por la política o, más bien, por sus políticos. Posiblemente todo estaba condenado a perderse, porque nos hacemos mayores y los propósitos se degradan, porque dejamos de ser quienes fuimos y nos convertimos en personas acomodaticias. Los partidos políticos, en particular el PP, el PSOE e IZQUIERDA UNIDA han crecido con nosotros, con los que somos de una generación ya madurita, y también ellos se han hecho mayores. Me hace gracia cuando los llamados "progres", es decir, algunos artistas y gente sobre todo del cine, se reúnen para reivindicar algo. Creo que el poeta García Montero es el más joven de entre ellos. Aquellas reuniones de intelectuales parecen ya más un viaje del inserso que una reivindicación. También hemos visto cómo envejecía el "guapo" Felipe (mi abuela decía que parecía un mono), ahora convertido en un señor gordo y rico, qué cosas. El PP, ciertamente, siempre fue viejo, formado por votantes que leían el ABC (ese periódico que llegó a tener un suplemento cultural maravilloso, con Blanca Berasategui y Ansón). El PSOE supo hacerse con un buen sector de votantes entre los jóvenes, y eso que OTAN, DE ENTRADA NO y otras pifias ya nos hicieron ver a aquellos jóvenes que estos políticos no eran ni tan claros ni tan honestos como los pintaba ingenuamente el dibujante José Ramón.

IZQUIERDA UNIDA fue el fruto de tantas batallas internas del PCE, para regocijo de los socialistas, que se llevaban sus electores cansados de tanto dogma y escición. Ay, aquellos lectores del difunto DIARIO 16, cuando no de MUNDO OBRERO. En fin, ahora os veo a todos, con vuestras diferencias, ilusiones y mentiras, como parte de mi biografía. Habéis ido viviendo gracias a vuestros votantes incondicionales, es decir, el PP gracias a esa gente que sólo vota y votará, hasta que se muera, a la derecha, porque es lo bueno y lo cristiano: ancianitas que aún recuerdan a los rojos de la Guerra civil y gente bien pensante que lleva sus hijos a colegios religiosos. Nuevas generaciones. Al PSOE lo votan todos aquellos que sólo votan al PSOE, como parte de mis colegas de la Universidad, porque recuerdan a los grises corriendo tras de ellos, porque el PSOE es un mal menor y porque quieren una educación pública mejor, aunque sus hijos (ya nietos) vayan a los mismos colegios de curas que los hijos de los del PP. En fin, mis amigos los pijoprogres. Por lo demás, y en cuanto a los votantes de IZQUIERDA UNIDA, vaya ahora mi recuerdo emocionado de Jos, mi querido colega de filología alemana, militante de Comisiones y fiel votante del PCE, que se dejó retratar en sus últimos días de vida para reivindicar el derecho a morir dignamente. Jos llevaba un bigote a lo Gunter Grass y era una estampa viva del intelectual de la República Democrática Alemana, aquella que luego se descompuso en su propia mierda. Sin embargo, cuando pienso en Jos y su capacidad de entusiasmarnos me emociono más allá de las ideas. En fin, todo esto lo cuento simplemente porque el otro día, pese a que este joven Pablo Iglesias no me gusta ni me convence, me hizo ver, como a Proust le ocurre en
El tiempo recobrado, que el tiempo de ciertos políticos y de ciertos partidos ha pasado ya. ¿Qué ocurrirá cuando las viejecitas que sólo votan al PP se vayan al cielo, o cuando los pijoprogres del PSOE se vuelvan ya tan mayores que no puedan ni ir a votar (ahora, buena parte de los profesores de instituto que ganaron su plaza en tiempos de Felipe se están jubilando)? ¿IZQUIERDA UNIDA acabará siendo una sucursal de PODEMOS? En fin, con nostalgia, al ver los rostros jóvenes e ilusionados de quienes dentro de veinte años ya no serán tan jóvenes, recordé las primeras elecciones de Felipe, porque allí se podían ver igualmente estos rostros, quizá más épicos.
En esta feria de las vanidades políticas, donde candidatas frustradas con voz de flauta se ven a hora marginadas, casi nada es verdad y todo, todo es mentira, pero quizá la nostalgia de lo vivido se nos muestra como una rara forma de verdad sentimental. FRANCISCO GARCÍA JURADO



viernes, 9 de mayo de 2014

Carta abierta, o familiar, para el poeta Santos Domínguez Ramos

Querido amigo, admirado poeta:

Algunas circunstancias, y ya no suelo incurrir en el inoportuno ejercicio de hallar las causas, han hecho que por la mañana leyera a Petrarca y ahora, por la tarde, como si se tratara de un puro servicio vespertino, fueras tú el objeto de mis lecturas. Ha llegado a mis manos hoy tu libro titulado El dueño del eclipse, de quien Félix Grande, tan llorado, se ha convertido ahora en su merecido destinatario. He recobrado la belleza de tus libros acariciado por la luz dorada de la Sierra del Guadarrama (ya ves que se trata de una bella y coherente combinación), he vuelto a visitar a “una sibila oscura”, que me remonta a las hipálages y las deudas contraídas contigo, he entrevisto las antiguas Siracusa y Babilonia, o la lluvia en Agrigento, acaso tan negra y tan rara. Ya sabes que te has convertido en estilo, irremediable destino de los buenos poetas. Toda esta emoción es ahora la que procuro expresar en estas pobres palabras.

Admirado poeta y querido amigo, no creo que sea casualidad que esta mañana, en las frías salas de espera de un laboratorio de análisis, haya estado leyendo a Petrarca y que ahora te esté leyendo a ti, acariciado por la doble belleza, material y lingüística, de tu libro y de un ocaso serrano. Acaso las casualidades no se explican, sólo se sienten como obras que el tiempo pretende hacer con el arte. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 24 de abril de 2014

Sertorio: Hispania contra Roma

De oscuro linaje, según Plutarco, Quinto Sertorio contaba con varias de las virtudes que pueden convertir a un general en mítico: su valentía y su ingenio. Sin embargo, historiadores antiguos y modernos han visto en él desde un héroe hasta un traidor. En cualquier caso, Sertorio mantuvo en jaque a Roma durante diez años y volvió a resucitar las aspiraciones independentistas de los lusitanos tras la muerte de su caudillo Viriato. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
En el año 82 a.C. Sertorio se encontraba en Mauritania, cumpliendo una misión muy precisa: reclutar un ejército para combatir a Sila, que había sido nombrado dictador como cabeza del partido de los aristócratas. Entonces Sertorio recibió una propuesta inesperada: los lusitanos le ofrecían encabezar una rebelión contra Roma. De esta forma, un pueblo oriundo de la Península Ibérica se ponía voluntariamente en manos de un general romano. Los intereses de los lusitanos no coincidían exactamente con los de Sertorio: los primeros querían librarse del yugo de Roma, el segundo sólo pretendía acabar con el poder de Sila. Pero tenían un enemigo común que hizo posible la alianza. Sertorio ya había estado antes en Hispania acompañando al cónsul Didio, que actuó con implacable impiedad contra los lugareños. Fue así como Sertorio se dio cuenta de que era mucho más inteligente tenerlos como aliados. Por tanto, tras la invitación a encabezar la guerra, Sertorio dejó una parte de sus tropas en África y marchó con 4.000 hombres a Hispania en el año 80 a.C. Comenzaba el mito de Sertorio entre los lusitanos.
Es, precisamente, en ese momento cuando tiene lugar uno de los episodios de la vida de Sertorio que aunque parece anecdótico no lo es en absoluto. Plutarco nos cuenta que un lugareño llamado Espano había encontrado una cierva recién parida. Tras hacerse con la cría, se la regaló a Sertorio, pues era un animal extraordinario por su blancura. La cervatilla terminó haciéndose tan inseparable del general que éste quiso hacer creer que aquel regalo había sido hecho por la propia diosa Diana y que gracias al animal podía conocer secretos vedados a los demás mortales. De esta forma, si algún mensajero traía la noticia de la victoria de uno de sus ejércitos, ocultaba a éste y hacía ver que era la cervatilla la que se lo había transmitido, logrando ser tenido como un dios entre los supersticiosos lusitanos.
Gracias a tales cosas, Sertorio encarnaba en su persona al buen romano, al general aguerrido y al hombre dotado de cualidades sobrenaturales. En cierto sentido, había suplido la nostalgia del antiguo caudillo lusitano Viriato. En lo militar, Sertorio supo combinar sabiamente la táctica romana con la peculiar lucha de guerrillas lusitana: no dar tregua al enemigo, devastar y rapiñar, obrar con rapidez y evitar batallas en campo abierto. Es así como logró poner en jaque a Cecilio Metelo, a quien Sila había enviado a Hispania como procónsul. De manera paradójica, Sertorio lograba las victorias mediante sus estratégicas retiradas. Fue así como Sertorio, con su lugarteniente Hirtuleyo, logró neutralizar la ofensiva de Metelo y avanzar hacia la Hispania Citerior desde la Ulterior. Según Schulten, este avance hacia el Este debió de ser un cómodo paseo triunfal. Sertorio tomó Segóbriga y Caraca, y continuó por Bílbilis y Contrebia. Ahora también los celtíberos hacían causa común con Sertorio.
Llegado a Osca (la actual Huesca), Sertorio fundó una inusitada escuela con el fin de instruir a los hijos de los nobles celtíberos. Sin embargo, el fin de este centro de enseñanza no era tan filantrópico como pudiera parecer, pues le servía para mantener a los hijos de estos nobles en calidad de rehenes. También creó en Osca un senado, si bien no era más que un mero órgano consultivo. Sertorio se acercaba así a la figura que unos años más tarde encarnaría el propio Augusto, pues su verdadera intención era convertirse en emperador. Según Schulten, el propósito de Sertorio era crear en Hispania una segunda Roma para poder lograr así el control de la misma Roma. Hispania se convertía de esta forma no tanto en el objetivo de Sertorio como en el instrumento ideal para terminar con el poder de Sila. Hacia el año 76 a.C., Sertorio estaba ya en la cumbre de su poder, lo que le permitió organizar una gran ofensiva hacia el Levante. Quien acabará siendo su asesino, M. Perpenna Vento, une ahora sus fuerzas a las suyas. Es entonces cuando Sila envía hasta Hispania a otro de sus grandes generales, Pompeyo. Este logra vencer a Perpenna, pues era muy inferior en astucia y valentía al propio Sertorio. No obstante, Sertorio logró interponerse entre ambos contendientes en la ciudad de Lauro, equidistante de Sagunto, donde había establecido su campamento Pompeyo, y de Valentia, a donde había huido Perpenna. Sin embargo, la llegada de las tropas de Metelo, quien había logrado terminar incluso con el lugarteniente Hirtuleyo, supuso un grave revés para Sertorio. Tuvo entonces lugar en Sagunto uno de los combates más decisivos, aunque se libró con una victoria pírrica para Sertorio, por culpa de Perpenna, una vez más. En el otoño del 75 a.C. fue Pompeyo quien atacó a Sertorio, pero sin obtener tampoco una victoria clara. El mito de Sertorio como general invicto comienza a resquebrajarse. Pompeyo envía entonces una carta al Senado de Roma (conservada gracias a Salustio) para conseguir más recursos y tropas. Gracias a esta nueva ayuda, Pompeyo y Metelo ponen cerco a la sertoriana Calagurris en el año 74 a.C. Tras haberse hecho con la Hispana Citerior preparan ahora su ofensiva contra Sertorio en la Ulterior. Además de la ofensiva externa, la división que se va produciendo entre los aliados de Sertorio es cada vez mayor a causa de lo incierto de sus victorias. Para colmo de males, se extravió la cierva del general, encontrada casualmente gracias a unos que la reconocieron corriendo por el campo. Sertorio preparó teatralmente el reencuentro con el animal, dejando que ésta acudiera públicamente hasta él como si de un hecho divino se tratara. No era más que el desesperado intento de recuperar su fama sobrenatural. Pero ya todo era en vano. En el año 73 a.C., el poder de Sertorio se derrumba, una vez perdida la Celtiberia. Obligado a refugiarse en el territorio del valle del Ebro, Sertorio terminará convirtiéndose en un personaje vil y despótico. Las relaciones con los pueblos nativos se vuelven turbias. Incluso va a ordenar la muerte o la venta como esclavos de los hijos que los caudillos iberos habían dejado en la escuela de Osca. También los romanos que habitan con él en Osca recelan cada vez más de su persona. Es entonces cuando movido por la envidia y el miedo Perpenna organiza una conspiración contra Sertorio, al tiempo que el Senado de Roma decretaba el perdón para todos aquellos partidarios de Sertorio que depusieran las armas. Once fueron los coautores del magnicidio, que tuvo lugar durante un banquete organizado en casa de Perpenna para celebrar una falsa victoria. Esto ocurría en el 72 a.C. El asesinato de Sertorio puso fin a su paulatina decadencia, pero también a diez años de campañas militares por Hispania. Tras su muerte, la causa sertoriana fue desvaneciéndose. Tan sólo Calagurris se mantuvo firme hasta el punto de que sus habitantes, sitiados, recurrieron a la ingesta de cadáveres humanos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 15 de abril de 2014

La ciencia rodea al espíritu: el Divinity Hall de Harvard


Desde que conocí un poco el pensamiento transcendentalista de Ralf Waldo Emerson, posiblemente el primer filósofo norteamericano considerado como tal, siempre me resultó muy sugerente la identificación que hacía del ser humano con el universo. Era el siglo XIX, y el transcendentalismo no dejaba de ser en buena medida una forma de religión, que había importado de Europa el idealismo alemán para hacerlo propio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Para Ángel Sáez-Badillos, en grata memoria de su buen quehacer, 
y a mis antiguos compañeros del Grupo de investigación 
del Real Colegio Complutense (Harvard)

Fascinado por la aureola romántica del transcendentalismo, luego tuve noticia, ya dentro del mundo de la Tradición Clásica, de las traducciones que del griego había hecho un compañero y amigo suyo, Henry David Thoreau, que vertió al inglés dos tragedias de Esquilo, entre otras obras clásicas. El escenario natural de ambos autores es Nueva Inglaterra, y los imaginé impartiendo sus charlas en lugares como Harvard. Al fin pude ver, concretamente, uno de los escenarios de tales alocuciones, precisamente el Divinity Hall, que se encuentra, como era de esperar, en la Divinity Avenue (es memorable la alocución que Emerson impartió el 15 de julio de 1838 con el título “Acquaint Thyself at First Hand with Deity”). El edificio sigue allí, fabricado en ladrillo rojo y graciosamente simétrico, pero me llamó mucho la atención, y así se lo comenté a María José una soleada tarde, que aquel lugar se encontrara rodeado, más bien asediado, por una imponente facultad de Biología que lo cerraba por tres de sus lados. Ya más adelante, y tras pasar junto a invernaderos e instalaciones científicas varias, se llega a la Divinity School, que es un edificio más reciente construido en piedra y con evidentes aires de una Inglaterra soñada. Así pues, quedé muy sorprendido por el emplazamiento del viejo Divinity Hall, que yo imaginaba entre árboles centenarios, semejante a una de esas litografías coloreadas de la época. Esto mismo les comenté, de manera ociosa, a mis compañeros del grupo avanzado de investigación una mañana de alegre sol en que fuimos paseando desde el Real Colegio Complutense hasta la Divinity School de Harvard. Me apuntaron, entre bromas y veras, que aquello quizá tenía un significado simbólico. Pues bien, cuál habrá sido mi sorpresa cuando leo en las páginas de un libro del profesor Harry Levin, el gran comparatista de Harvard, unas reflexiones semejantes a las mías. En este caso, como ocurre en la dedicatoria de Borges a Leopoldo Lugones, no puedo ocultar cierta vanidad confundida ya con la nostalgia de un mundo que he tenido que dejar atrás. Me refiero al libro titulado “Contexts of criticism”, publicado en 1957. En el libro puede encontrarse, entre otros trabajos de gran interés, un estudio que se titula intencionadamente “New frontiers in the humanities”. “Fronteras”, pero no “barreras”, es lo que quiere precisar el profesor Levin al hablarnos sobre los límites y las relaciones entre los saberes. Así piensan los buenos comparatistas. No me resisto a reproducir el texto inicial de este trabajo, lleno de gracia y de impresiones relativas, precisamente, al Divinity Hall: “Looking toward this highly propitious occasion, looking out of my study window in the general direction of Waltham, I might have looked to a source of inspiration which has quickened many an American scholar. It so happens that my house in Cambridge is no more than a stone`s throw from Divinity Hall, where Emerson delivered his famous address on that very theme – no less a theme than man himself, the whole man, thinking and acting in a world where nature and idea are at one, and where yesterday emerges into today. But if I were to throw a proverbial stone, it would crash against the plate-glass windows of the more modern Biological Laboratories, which impede my view of the old Emersonian structure by surrounding it on three sides. On the fourth side it is confronted and, of course, overshadowed by the Peabody Museum of Archaeology and the Agassiz Museums of Natural History. I sometimes wonder what Emerson, who was so fond of parables, would make of this object-lesson in containment, which outflanks and exhibits the fragile sell of his dream for humanity – and for the humanities – as if it were a fossil preserved from some prehistoric epoch. The missing link in that scientific quadrangle, a new botanical building, is now under construction; and, as a consequence, Divinity Avenue has become a dead-end street. I refrain from pursuing the further implications of that impasse all the more willingly because, at the moment, it seems to be under public litigation.”
Este texto me ha devuelto a unos días gloriosos que ya son mi pasado, y a unas vivencias extraordinarias, tanto académicas como humanas.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 7 de marzo de 2014

Sir William Hamilton, el Vesubio y el fracaso de la Ilustración

Nuestra experiencia visual y estética ante el vaso Portland en el Museo Británico supuso ya una perfecta tarjeta de invitación para conocer a este apasionante erudito del siglo XVIII llamado Sir William Hamilton (1730-1803). Otras circunstancias, como el hecho de haber estado casado con Lady Hamilton y, sobre todo, que ésta fuera amante del almirante Nelson lo han hecho popular en algunas películas y novelas históricas. Pero la figura del embajador y erudito llega mucho más allá de tales circunstancias. POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Creemos que nuestra revelación final la tuvimos en el pequeño Museo Mandralisca, en la siciliana Cefalú, que devuelve al visitante la pasión desaforada por el coleccionismo. En nuestra biblioteca conservamos un voluminoso ejemplar dedicado, precisamente, a la colección de antigüedades que recopiló Hamilton, decorada al estilo de moda de la época, el llamado "estilo etrusco" (los antiguos Oxford Classical Texts también conservaban este estilo, cuyo color predominante es el marrón). El libro sobre las Antiquities se vendía al precio de 150 euros. Fue una suerte encontrar un ofertón por sólo un tercio del precio en una librería cercana a Cuatro Caminos, en Madrid. Y desde hace tiempo, los tonos cálidos de esa estética dieciochesca que mira a la Antigüedad, afín a las vedutte de Canaletto, han pasado a formar parte de nuestros pequeños ensueños cotidianos. Hamilton, ese británico afincado en Nápoles, representa el anhelo de tantos viajeros británicos que llegaban al sur de Italia en busca de un sueño. Como si se tratara de un nuevo Plinio el Viejo, Sir William Hamilton fue un curioso observador del Vesubio durante buena parte de su intensa e ilustrada vida. Más conocido en el mundo anglosajón, Hamilton fue embajador inglés en la corte de Nápoles entre 1764 y 1800 y empedernido coleccionista: una parte de sus vasos griegos y etruscos fue adquirida por el Museo Británico.
Sus libros sobre Antigüedades etruscas, griegas y romanas y Observaciones sobre el monte Vesubio reflejan perfectamente sus dos grandes pasiones como coleccionista y estudioso. Recibía a los jóvenes ingleses que realizaban el Grand Tour como viaje de formación y acompañaba a los visitantes distinguidos que acudían a Nápoles en peligrosas y asfixiantes excursiones hasta la cima del volcán. No en vano, fue uno de los promotores de la moderna vulcanología, y recopiló preciosas muestras de los diferentes tipos de lava y de piedra, no menos valiosas que sus colecciones artísticas. Durante una de las erupciones que tuvieron lugar en el siglo XVIII el volcán quedó desmochado y afeado. Si Plinio el Joven, al relatar su peripecia durante la erupción del Vesubio a Tácito, vio en la guerra de Troya el paradigma de la destrucción, Hamilton tuvo el referente más cercano en la invasión napoleónica de Europa, que puso fin a sus tiempos dorados junto al volcán. La escritora Susan Sontag escribió una gran novela, titulada El amante del volcán, acerca del peculiar trío que conformaron este personaje, su segunda esposa, Emma Hamilton, y el almirante Horace Nelson. De esta novela admirable nos quedamos con la discusión entre Hamilton y su sobrino William Beckford. El tío es un hombre ilustrado que sueña con la "felicidad pública" y la belleza, mientras el joven Becfkord es un prerromántico que sólo quiere su autosatisfacción y la experiencia de las cosas sublimes. En los jardines de Wörlitz, en la ciudad alemana de Dessau (Alemania), inspirados en los principios filosóficos y artísticos de la Ilustración, podemos encontrar un emotivo homenaje a Sir William Hamilton: un volcán artificial que reproduce a pequeña escala el Vesubio, y a cuyo pie se levanta un pequeño pabellón que evoca la residencia que ocupó el propio embajador en Nápoles.
María José Barrios Castro y Francisco García Jurado H.L.G.E.

jueves, 20 de febrero de 2014

Los peligros de la amistad

Roberto Tinfarano, Los (sanos) límites de la amistad, Trad. de Amado García. Madrid, Albalí editores, 2014, 206 páginas.

Hoy me permito traer ante mis lectores un libro que me ha dejado huella. Lo encontré hace unos días en la librería de la facultad, y me apetecía leerlo sólo por esa idea contestataria que propone ante un valor supuestamente universal: la amistad, especialmente cuando ésta no tiene límites. FRANCISCO GARCÍA JURADO


El profesor Tinfarano, antropólogo de los actualmente más reputados, enseña desde hace muchos años por las rectas calles que circundan la universidad de Turín. Es un hombre afable, y me lo imagino conversando amigablemente en algún remoto café al caer la tarde. Tinfarano ha escrito un libro que, en mi opinión, es digno de colocarse junto a las grandes obras dedicadas al tema, como el propio De amicitia de Cicerón. Lo que confiere personalidad a este nuevo libro es, sin embargo, el contrapunto que supone con respecto a una idea reconocida universalmente como buena. ¿Por qué cuestiona Tinfarano la amistad? La respuesta es aparentemente sencilla. Tinfarano rechaza de plano que la amistad se convierta en algunas sociedades, especialmente las meridionales, en el único medio para establecer relaciones interpersonales. Si no somos amigos de alguien, nadie nos seleccionará para nada. Si no tenemos amigos, no seremos nada. Cree Tinfarano que en los tiempos de Internet, donde es posible encontrar sin mayores dificultades a la persona más apta para cualquier cosa, por rara que ésta sea, la amistad como criterio exclusivo de selección es ya un anacronismo trágicamente cándido. La amistad es un gran sentimiento, qué duda cabe, pero llevada a los extremos del “o conmigo o contra mí” termina siendo un “arma de destrucción masiva social”, en opinión de este pensador acaso utópico. El propio Tinfarano cuenta cómo algunas personas a lo largo de su vida le ofrecieron una “amistad incondicional” que jamás resultó gratis. A cambio de esa amistad, se le requería una completa obediencia, una adscripción sin fisuras. “Así es como funcionan, ni mas ni menos, los partidos políticos”. Esta idea está muy arraigada desde los tiempos de la antigua Roma, donde el concepto de socius o de satelles está íntimamente ligado al de amicus. Por “amistad”, más de una vez, se encubre el servilismo más servil. Propone, por tanto, Tinfarano, una sociedad donde los criterios de relación humana se enriquezcan con nuevos elementos, y no exclusivamente con la amistad interpersonal que crea pequeños círculos de poder y opresión. Por ello, su propuesta no es contraria a la idea de amistad, sino que contribuye a dotar de límites éticos a la misma, de manera que no caigamos en los sempiternos comportamientos sectarios que apreciamos en nuestra vida cotidiana. Para ello, retoma una vieja oposición de términos latinos: amare en latín es “amar”, frente a diligere, que es saber elegir a las personas, aunque con un mejor grado de intensidad que amare, ya que en ésta elección concurren criterios racionales. Una sociedad “dilecta”, que realmente transcienda del clan o la tribu y configure el verdadero Estado, donde una persona con responsabilidad y poder pueda contar con alguien precisamente por su valía, y no por su servilismo, daría lugar a un nuevo tipo de amistad que dejaría de ser mera moneda de cambio. FRANCISCO GARCÍA JURADO  

lunes, 17 de febrero de 2014

El falso sarcófago etrusco del Museo Británico

A pesar de que el Museo Británico se resistió a aceptarlo durante bastante tiempo con toda su artillería académica, finalmente tuvo que reconocer que uno de sus hermosos sarcófagos etruscos era falso. No por ello, ese sarcófago, tan distinto e improbable al mismo tiempo deja de ser maravilloso. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Cuando menos, el sarcófago no era totalmente verdadero, pues a pesar de que estaba compuesto en buena medida por piezas realmente antiguas y etruscas, la suma resultante sólo era una falsificación. Supe de esta historia por primera en un artículo de el diario El País, y creo recordar que lo había escrito el inolvidable antropólogo y erudito Julio Caro Baroja. Ahora que he adquirido por librería de viejo su conocido libro sobre las falsificaciones de la Historia recupero fresca aquella noticia que quedó grabada en la memoria durante tantos años:

"Hay algunas falsificaciones de momumentos etruscos muy famosas. En 1873 ingresó en el Museo Británico un hermoso sarcófago. El propietario anterior había sido Alessandro Castellani, que lo había comprado a Pietro Perecelli, hermano de un escayolista del Louvre. Salomon Reinach sabía que, en su juventud, y estando al servicio del marqués Pietro Campana, este gran artífice había llevado a cabo restauraciones de fragmentos antiguos, que vendía a los turistas deseosos de llevarse algún recuerdo material de Italia. En última instancia también hizo falsificaciones completas. Por él supo Reinach que, con su hermano, había labrado el sarcófago de Cerveteri, que enterraron y luego descubrieron "como por casualidad". El director del Museo Británico interrogó a Perecelli, que primero confesó que era verdad lo de la falsificación, desmintiéndolo después. Pero las pruebas del hecho parecían evidentes. La inscripción estaba copiada de la de una fíbula que existía en París. La pareja representada no estaba en un kliné, como las de monumentos conversados en el Louvre o la Villa Giulia, sino en una caja rectangular, hábilmente compuesta de fragmentos de relieves, algunos de los cuales eran auténticos. Por otra parte, la indumentaria de la mujer y la desnudez y postura del hombre eran impropios de un banquete funerario. La resistencia a retirar la obra duró varias décadas, pero al fin fue retirada de exposición pública." (Julio Caro Baroja, Las falsificaciones de la Histoira (en relación con la de España), Barcelona, Seix Barral, 1992, pp. 21-22)

Pues bien, las cronologías son a menudo juguetonas con los propios hechos. Un año antes de la publicación de este libro, en 1991, tuve la suerte de adquirir en un puestecillo de libros viejos alojado dentro del claustro de la facultad de Derecho de la Universidad de Ámsterdam una vieja postal del Museo Británico con la siguiente leyenda: "Etruscan Terra Cotta Sarcophagus. Sixth Century B.C. From Cervetri (Room of Terra Cottas). British Museum. Printed at the Oxford University Press". Se trata de la preciosa reproducción que aparece al comienzo de este blog. En algún momento leí el texto de Caro Baroja, más o menos como he reproducido más arriba, pero lo recuerdo en el formato de una página de diario. Desde entonces siempre tuve la razonable sospecha de que aquella postal antigua no reproducía otra cosa que una falsificación, pues se trata de un conjunto escultórico demasiado brillante y diferente como para ser real. No soy capaz de rescatar aquel texto periodístico de Caro Baroja (puede que se tratara de un avance o resumen del libro que estaba a punto de publicar) y, lo que es todavía peor, no encuentro en internet imagen alguna de este supuesto sarcófago (si bien luego, una amable persona me proporcionó datos al respecto). Me pregunto si aquella preciosa mentira quedó oficialmente borrada, una vez se descubrió que era mentira, y hoy sólo aparece en las amarillentas fotografías de comienzos de siglo XX. Os invito a consultar, no obstante, el precioso catálogo de M. Jones titulado Fake?: the art of deception (University of Carolina Press, 1990) (http://books.google.com/books/about/Fake.html?id=LaUnOztbkP4C), con información interesantísima sobre el sarcófago.

En todo caso, la moraleja de esta historia es que, por paradójico que nos parezca, LA MENTIRA SE VUELVE PARTE DE NUESTRA HISTORIA y, a su manera, su recuerdo es también una forma de verdad. En todo caso, mi principal propósito en este blog era que vierais unidos el texto de Caro Baroja y la antigua postal, que como tal postal es indudablemente una joya. Esto demuestra otra de mis inquietudes, que LA BELLEZA ES AJENA A CIRCUNSTANCIAS TAN SUTILES COMO LO QUE ES VERDAD O MENTIRA.
Francisco García Jurado H.L.G.E.

viernes, 14 de febrero de 2014

¿"Parir" o "marir"? En torno a "monomarental" y la imbecilidad política

Que conste que este texto no tiene ningún afán crítico, y que cuando llamo "imbéciles" a los políticos lo hago con mi mejor afán pedagógico, pensando en el sentido que en latín tiene semejante palabra, es decir, la debilidad producida por la carencia de un buen bastón o báculo de apoyo (intelectual, en este caso). El caso es que esto que ahora voy a relatar yo tampoco me lo creía, es más, imaginé que era una noticia propia del día de los inocentes, pero fuera de fecha. Sin embargo, era cierta: en uno de los programas políticos (me da completamente igual el partido concreto) se maneja el neologismo (¿?) "monomarental" (tal como puede leerse) para sustituir al de "monoparental". Relacionar a "monoparental" con "padre" es un error sólo achacable a la imbecilidad profunda que inunda las mentes de nuestros gestores y políticos..., de todos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGEAntes de seguir leyéndome, y por si aún no creéis lo que os digo, os envío directamente a la noticia, que no me la he inventado:
http://www.europapress.es/epsocial/politica-social/noticia-psoe-dice-termino-monomarental-no-excluye-padres-solteros-divorciados-20110503195205.html
Mi amiga Rosa me hizo llegar semejante joya hace ya tiempo, precisamente cuando me encontraba pensando en una nueva entrada para este blog, de manera que no tuve que pensar mucho más en un posible tema para escribir. Como puede verse, la noticia gira en torno al problema artificial de que, una vez queda sustituido el esperable término "monoparental", aplicado a la familia compuesta solamente por una madre o un padre, el término resultante, "monomarental", parece excluir a los segundos. Está claro que quien ha acuñado semejante voz está pensando por aproximaciones fonéticas. Es oportuno que intentemos reproducir el proceso de pensamiento (por llamarlo de alguna manera) emprendido por la persona creadora de este nuevo vocablo: el término "monoparental" suena a "¿padre?, ¿pare?", y éste término evoca para la persona en cuestión la masculinidad de manera exclusiva, por lo que podemos adivinar. Seguimos intentando reproducir el argumento: si las familias monoparentales españolas están en su mayoría conformadas por una madre y sus hijos, ¿por qué no darle a éstas una denominación "más específica", precisamente, y hacer que residualmente el nuevo término también se refiera a los pocos padres que pueden estar en esta situación de estar solos, sin pareja y al frente de los hijos? No cabe entrar aquí en cuestiones políticas o, más concretamente, de corrección política, es decir, aquellas que intentan favorecer el reflejo de una nueva realidad mediante la adecuación del lenguaje a nuevos usos y costumbres. El problema está en que la premisa mayor del argumento, es decir, relacionar "monoparental" con "padre" (en sentido masculino) es un error que sólo puede achacarse a la más terrible de las imbecilidades intelectuales o estulticias... "Monoparental", compuesto del griego "mono-" (único) y "parental", referido a la madre o al padre, tiene que ver con el término PARIENTE, no con PADRE. Nuestros padres (madres) son, por tanto, nuestros parientes más cercanos, y lo más divertido es que "pariente" parece ser el participio de presente del verbo "PARIR" en latín. De esta forma, la persona a la que de manera más estricta cabe asignarle el término de "pariente" es a nuestra propia madre, es decir, la que nos ha parido. Por extensión, luego pasa a designar al padre y a los demás familiares con los que guardamos una línea cosanguínea.

Cabe pensar, no obstante, que la persona que ha dado a luz ("ha parido") esta palabra sea, más allá de las meras y ensidiosas ataduras etimológicas, una consumada lectora del Crátilo de Platón, o de la Ciencia Nueva de G. Vico, y se haya sentido demiurga del lenguaje, con lo cual se ha visto inspirada para dar ser al nuevo vocablo sólo por una cuestión de afinidad fonética o estética. Por esta razón, le ha parecido que la "P" de "monoparental" es de por sí poco dada al género femenino, por lo que ha recurrido a redecorar la palabra mediante una hábil "M". En ese caso, debe pensar que esto va a tener consecuencias inmediatas en todas aquellas palabras que tienen que ver con "pariente" y, especialmente, con la palabra "PARIR". Según esta modificación, cuando una mujer dé a luz tendrá que decir que "MARE" o que "ESTÁ MARIENDO", y no que "PARE" o "ESTÁ PARIENDO", dejando este último término para los hombres, en caso de que ellos sean capaces alguna vez de hacer algo semejante (decía un inteligente dominico que conocí muchos años atrás que si los hombres tuvieran que parir el aborto sería un sacramento). El "parentesco" y la "parentela", por su parte, deberán quedar sólo para las líneas de familiares "masculinos" (o "pasculinos", si aplicamos con precisión esta neolengua orweliana), de manera que habrá que acuñar nuevos términos como "MARENTESCO" y "MARENTELA" para todo lo relativo a lo femenino.

No hay nada más nefasto que un político metido a gramático o lingüista, pues es cuando comprobamos con meridiana claridad la imbecilidad, es decir, debilidad (intelectual) que preside su cabeza. Desde el emperador Claudio, que intentó imponer nuevos grafemas para ciertos sonidos del latín, sin éxito, hasta Stalin, que, según nos cuenta Cerni en su genial Historia de la lingüística, quiso pasar por el mayor lingüista de la Historia durante los más oscuros tiempos de la URSS, estos engendros y mostruosidades se han repetido una y otra vez. Cabría escribir, de hecho, una historia de las palabras creadas por la imbecilidad. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 24 de enero de 2014

El emperador Augusto como escritor: una faceta poco conocida

A veces asombra comprobar cómo algunos grandes personajes de la Historia, renombrados por sus hechos, también quisieron ser recordados por sus escritos. La suerte literaria, sin embargo, no siempre ha corrido pareja a su relevancia en otros aspectos. El caso del emperador Augusto supone, a este respecto, un buen ejemplo, pues no todo el mundo sabe que el primer emperador de Roma dejó también escritos propios, y algunos de carácter personal . POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Conocido como gran personaje histórico y por haber sido el primer emperador de Roma, es fácil olvidar otra faceta menos notoria de Augusto, pero no menos importante, precisamente su condición de escritor. Augusto quiso, como su padre adoptivo, Julio César, dejar a la posteridad sus propios escritos, aunque con menor fortuna. Es evidente que Augusto está muy lejos de la genialidad literaria del primero, aunque sus textos constituyen importantes documentos históricos. Entre ellos, destaca el conocido como Res Gestae Divi Augusti, editado por Theodor Mommsen en 1883 y traducido al castellano por Guillermo Fatás. Transcribimos el párrafo final de la obra, escrito el último año de vida del emperador:

“Cuando ejercía mi decimotercer consulado, el Senado, el Orden de los Caballeros Romanos y el pueblo romano entero me designaron Padre de la Patria y decidieron que el título había de grabarse en el vestíbulo de mi casa, en la Curia y en el Foro de Augusto y en las cuadrigas que, con ocasión de un senadoconsulto, se habían erigido en mi honor. Cuando escribí estas cosas estaba en el septuagésimosexto año de mi vida.” (trad. de Guillermo Fatás)

Más allá de este tono tan formal que aleja el personaje de nosotros, también podemos leer algunos testimonios más íntimos y cercanos. A este respecto, tenemos un interesante testimonio epistolar donde vemos cómo se aúna la cuestión sucesoria y la longevidad cuando el emperador acababa de cumplir sesenta y cuatro años. Así lo vemos en una carta que el propio Augusto escribió a su nieto y también hijo (adoptivo) Gayo, y transmitida por Aulo Gelio en sus Noches Áticas (15, 7):

“Saludos, mi querido Gayo, mi asnillo gratísimo, a quien echo de menos, a fe mía, cuando estás ausente. Y, especialmente, durante días especiales como el de hoy mis ojos buscan a mi Gayo, a quien, donde quiera que hayas estado este día, confío en que feliz y sano te hayas acordado de mi sexagésimo cuarto aniversario. Pues, como puedes ver, he logrado superar los sesenta y tres años, esa edad crítica para el común de los viejos que se llama climaterio. Ruego a los dioses que a mí, en lo que me quede de vida, me sea posible vivirlo con salud en la más absoluta prosperidad del Estado, y siendo vosotros, mis sucesores, personas de bien preparadas para asumir el relevo.” (trad. de F. García Jurado)

En Roma, superar con la edad la cifra que es producto de multiplicar el número siete por nueve era señal de haber superado una edad crítica. Creo que esto encierra algo de cierto, a tenor de lo que nos ha ocurrido con algunas personas muy cercanas, fallecidas precisamente poco antes de llegar a esta edad concreta. También llama la atención el tono cariñoso de la carta, donde cabe adivinar que el sentimiento también puede vivir en la persona de un emperador. En todo caso, el tono familiar no debe impedir que veamos las claras intenciones políticas del texto, pues tan importante era que el sucesor de Augusto estuviera disponible como que se encontrara en una posición de poder semejante a la del propio emperador. J. Béranger ha visto en este texto transmitido por Aulo Gelio cómo la ideología monárquica romana se concentra en la frase que cierra la carta: la disposición del sucesor para estar en condiciones de asumir el poder. En definitiva, el tono cariñoso no esconde las intenciones concretas de esta carta. Esto es una constante histórica. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

sábado, 11 de enero de 2014

Cien años desde el nacimiento de Julio Cortázar (1914-2014)

Las fiestas del calendario me parecen a menudo una carrera de obstáculos. Bien sé que cuando podemos disfrutar de un día de asueto en medio del fragor de la batalla laboral tales fiestas caen como maná  en el árido desierto, pero no me refiero a esto. Quiero decir que a menudo el santoral y los cumpleaños se me olvidan, cuando no la posición exacta de unas vacaciones en el calendario, y todo ello me lleva a cometer errores imperdonables. Cuando hablamos de centenarios, me considero un caso perdido. Sin embargo, he recordado a tiempo que este año que ahora comienza, 2014, será el centenario de sucesos históricos fatales, como el estallido de la primera guerra mundial, pero también nos trae el nacimiento de Julio Cortázar (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984), a quien tantos debemos horas memorables de lectura. Mi particular homenaje será un trabajo que se publicará, precisamente, en París, acerca de dos autores latinos, Plinio el Joven y Aulo Gelio, que acaso contribuyeron a que Cortázar llegar a ser lo que fue. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Mi trabajo se va a titular “Dos intertextos latinos en Cortázar: Plinio el Joven y Aulo Gelio. La casa profunda y la miscelánea”, y voy a ofrecer en este blog las líneas que lo abren.

El hecho de que los textos literarios modernos mantengan una incesante relación dialógica con textos diversos de la literatura grecolatina no es incompatible con el propio carácter creador o « poético » de los primeros. La reescritura, como diálogo intertextual, no deja de ser una genuina forma de creación. Vamos a estudiar en este trabajo cómo se manifiestan, a la manera de un iceberg, dos lecturas de Cortázar referentes a la literatura latina dentro de su obra. Nos referimos a la carta sobre los fantasmas de Plinio el Joven y a las Noches áticas de Aulo Gelio. Ambas son rastreables, según la precisa terminología de Gérard Genette[1], como « intertextos », si bien cada una de ellas presenta características diferentes en cuanto a su relación con el texto del autor argentino. De esta forma, mientras el texto pliniano se presenta en calidad de « hipotexto » o de texto subyacente en el cuento « Casa tomada », las Noches áticas de Aulo Gelio se convierten en una suerte de « architexto » o texto genérico para Rayuela. Genette desarrolla esta productiva articulación del diálogo entre textos desde una perspectiva alejada de criterios esencialistas, de manera que, pongamos por caso, un « hipotexto » no puede ser considerado como una mera fuente literaria, a la manera de lo que haría una interpretación positivista del hecho. Los textos antiguos, lejos de ser entidades estáticas o inmutables, plantean un productivo diálogo desde distintos niveles de relación con la modernidad.
En lo que atañe a los dos textos latinos que vamos a estudiar, si bien ambos se manifiestan de forma diferente en lo que se refiere a su diálogo intertextual con la obra de Cortázar, ofrecen una interesante característica en común, dado que las ediciones a las que pudo acceder el autor argentino provienen de una misma colección editorial española publicada a finales del siglo XIX: la Biblioteca Clásica de Luis Navarro. En el caso de Plinio el Joven, la referencia a su texto no llega a constituir una cita como tal, a diferencia de Gelio, de quien se recoge incluso un breve capítulo dentro de los llamados « Capítulos prescindibles » en Rayuela. En cualquier caso, la alusión o la cita (« intertexto » propiamente dicho) no serían más que la parte visible de la lectura, mientras que el « hipotexto » y el « architexto » constituirían el aspecto más rico, sobre todo merced a la motivación que ha provocado esa lectura previa y creativa en la mente de un autor moderno. FRANCISCO GARCÍA JURADO



[1] G. Genette, Palimpsestes. La Littérature au second degré, Paris, Seuil, 1982. 

viernes, 3 de enero de 2014

Clarín y Marcel Schwob como contemporáneos: el cuento latino

Hasta la fecha, que sepamos, ningún crítico ha analizado los aspectos comunes que presentan Marcel Schwob y Leopoldo Alas "Clarín". Este análisis, pionero, lo hemos emprendido quienes firmamos este blog en nuestro artículo titulado “Clarín, Schwob, et l’esthétique du conte latin”, publicado en Spicilège. Cahiers Marcel Schwob 2, 2009, pp. 63-79 (ISSN 1969-8267). POR MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
No fue hasta el segundo decenio del siglo XX cuando Marcel Schwob (1867-1905) comenzó a ser un autor estimado en las letras hispanas. Nombres como los de Rafael Cabrera en México y, por supuesto, Jorge Luis Borges en Argentina han quedado ya íntimamente unidos a la fortuna de Schwob en el nuevo contexto iberoamericano del siglo XX. Sin embargo, no fue hasta el año 43 con la mítica traducción de las Vidas imaginarias a cargo de Ricardo Baeza, cuando se produce la universalización del autor francés y su posterior conocimiento también en España. Schwob perteneció en su tiempo a una corriente literaria marginal, y esa marginalidad literaria fue, paradójicamente, la que provocó su encarnación como precursor de una interminable estela de grandes autores del siglo XX que tiene en la figura de Roberto Bolaño su última cabeza visible. Por su parte, en España, Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901) ha sido un autor que ha pasado a la historia de la literatura fundamentalmente por su obra La Regenta, una novela que los críticos suelen relacionar, por ciertas afinidades temáticas, con Madame Bovary de Flaubert, y, en segundo lugar, por sus cuentos, entre ellos el titulado “Adiós cordera”. Al igual que en el caso de Schwob, su fortuna literaria no se vio consolidada hasta bien entrado el siglo XX. Tales circunstancias confieren al estudio conjunto sobre Schwob y “Clarín”, autores que pertenecen a mundos vitales y literarios diferentes, un aire retrospectivo y en cierta manera audaz. En este sentido, partiendo de sus aproximaciones al llamado “cuento latino”, una puntual coincidencia estética entre Clarín y Schwob, es posible analizar sus posibles rasgos comunes y sus innegables diferencias. Desde el punto de vista metodológico, cabe establecer una relación sincrónica (no debe olvidarse que Clarín y Schwob son autores estrictamente contemporáneos), donde cada término de esa relación participa de un sistema común de convenciones no exclusivas de Schwob y Clarín. Entre tales convenciones estaría, sin duda, el cultivo más o menos puntual de narraciones inspiradas en la antigua literatura romana, con un marcado componente metaliterario. Así, Schwob es autor de varios cuentos de tema latino, como “Pupa” o “Las bodas del Tíber” e incluye cuatro relatos de tema latino en sus Vies imaginaires (1896), concretamente las dedicadas a Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio, que suponen uno de los tratamientos más originales de la modalidad literaria que estamos comentando. De tales vidas hemos entresacado, precisamente, la titulada “Lucrèce. Poète”, inspirada en el autor del poema científico titulado De rerum natura. Clarín, por su parte, incluye dentro de sus Cuentos Morales (1895) el titulado “Vario”, objeto de nuestro estudio, acerca de la figura de un conocido poeta amigo de Horacio del que no se ha conservado obra alguna: Lucio Vario Rufo. Así las cosas, nos ha parecido notable el interés que tanto Clarín como Schwob muestran por sendos poetas latinos a la hora de tejer las narraciones indicadas . Ambos textos no sólo coinciden en el hecho de tratar acerca de un poeta latino, sino, sobre todo, en la circunstancia de que mientras el poeta Vario llega a saber que en el futuro su obra quedará borrada por el tiempo, el segundo, Lucrecio, se sentirá poeta sin necesidad de haber escrito un solo verso. Estamos, pues, ante la idea literaria del autor sin texto, que no deja de ser el contrapunto de otra idea que es la del texto sin autor. MARÍA JOSÉ BARRIOS Y FRANCISCO GARCÍA JURADO