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martes, 6 de noviembre de 2012

Agustín García Calvo y su maestro Antonio Tovar


Ya no se conserva el “vítor” pintado en la fachada de la Catedral de Salamanca, frente al Colegio de Anaya, en conmemoración de la investidura como Doctor honoris causa, allá por 1954, del dictador que fuera durante cuarenta años jefe del Estado español, Francisco Franco. En aquel vítor podía leerse un ambiguo "Miles Hispanus Gloriosus", cuyo sentido literal, “soldado hispano glorioso”, bien podía trastocarse irónicamente, merced al recuerdo de la comedia titulada Miles gloriosus (El soldado fanfarrón) de Plauto, en “soldado fanfarrón”. De aquel mundo quizá ya no quedan apenas más que unos cuantos recuerdos, de entre los cuales traemos aquí uno muy significativo. (en la fotografía, los chapiteles del claustro del Colegio Fonseca, en Salamanca) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Estamos ante dos grandes maestros, uno discípulo del otro, además de ser ambos profesores de latín y de representar muchas más cosas. Al tiempo, uno y otro encarnan dos posturas vitales y políticas bien distintas ante la vida. Se trata de la necrología que Agustín García Calvo escribió en recuerdo de Antonio Tovar Llorente (1911-1985), fallecido un lejano día de diciembre de 1985. Apareció en el diario El País, y nosotros la recogimos para nuestro libro sobre el profesor de latín en la literatura española:

“La noticia de la última paz de este hombre me ha alcanzado aquí, retirado unos días de la Corte, entre las nieblas del Duero, y así no me ha dejado asistir a sus honras fúnebres, que no es ciertamente lo que más siento, y me ha tomado seguramente bastante por sorpresa, sin haber tenido tiempo de hacerme, como dicen, a la idea: sólo un par de días antes se me había dicho que había motivos para esperárselo, a lo cual sin duda la pereza o lo que sea no me había dejado prestar bastante oído; y además tenía aquí, de junio todavía, la que ahora habrá de ser la última carta que de él me llegue, donde en su flexible y clara letra de siempre me confesaba haber «pasado una tarde maravillosa» leyendo los prolegómenos de un libro que había yo sacado por entonces.
¿Consuela algo el haber dado algún placer a los que se han ido? No lo sé. Y, además, eso de consolarse, ¿no es también negocio de los sobrevivientes? ¿Quién consolará a los otros, a los que han pasado es pleonas, como decían los antiguos, a la mayoría, a donde se dice que Tovar ha pasado ahora?
Ni sé tampoco si esto de pronunciar epitafios de los caídos o de escribir en su memoria puede ser otra cosa que bulla y comercio de los que siguen vivos, o que se lo creen, y manera de integrar en la rutina consabida la herida de lo que no hay Dios que lo entienda. Pero, por si acaso hay en esa costumbre de los hombres algo más que bombo y tejemanejes culturales, por si acaso puede servirle de algo a él o a quien sea, porque no se sabe...
Quiero conmemorar la manera en que se trabó mi amistad con él: se me antoja que en aquel breve trance se revelan alguna de las mejores gracias de su figura, y querría hacer por que siguieran vivas.
Había yo caído a mis 17, terminándose ya la guerra mundial, a estudiar en Salamanca, y andaba él por los patios y las aulas del palacio de Anaya de joven catedrático, de poco más de 30, con su alta traza un poco bamboleante, con su cara, si bien afeitada, profundamente sombreada de su barba prieta, con su lazo de lunares bajo la nuez.
No recuerdo si me había dado ya antes de lo que cuento clase de Latín; pero seguro que la cosa no se habría precipitado de no ser por otra circunstancia: es a saber, que el Régimen no había instituido todavía profesores especiales para las enseñanzas de formación del espíritu nacional o educación política, o como se llamara la cosa por entonces; y así, se encargaban de ello nuestro decano, tan agudo maldiciente de personajes de la historia, Ramos Loscertales, y don Antonio, que con el derrumbamiento de los ideales germánicos debía de estar pasando también sus guerras interiores, sin que se le notara, sin embargo, en el semblante, si algo adusto, sereno siempre, prometiendo en su seriedad sentido y masa humana, y no negado de cuando en cuando a una risa estrepitosa y un tanto caballuna.
El caso es que en alguna de aquellas clases de política se dedicó don Antonio a declararnos que, al fin, cuál fuera el partido que uno tomara o las ideas, de izquierda o de derecha, a las que uno se afiliase y por las que luchara, era cuestión de segundo orden: que lo que importaba era tomar partido, fuera el que fuera, y no quedarse vagando por las zonas medias de la indiferencia política y el me-da-lo-mismo, lo que al fin no revelaba más que mera conformidad con la miseria propia (trataba él de dar actualidad y nueva vida al tópico antiguo, que Cicerón, por ejemplo, discute con sus amigos, de que al sabio no le es dado en la contienda civil quedarse sin tomar partido), y que, por tanto, ya que él tenía que estar allí presentándonos unas ideas y una actitud determinada, nos invitaba a que nos opusiéramos a lo que se nos dijera, a que tomásemos por lo menos partido en contra, y no que lo recibiéramos con una docilidad que quizá no fuese más que indiferencia y aburrimiento.
Debieron de quedarme dando vueltas las palabras, hasta que me atreví a escribirle una carta en que con torpes letrujas le decía, si bien recuerdo, que bueno, que, ya que se nos invitaba a estar en contra, no me interesaba a mí oponerme a las ideas azules y oficiales con otras de oposición y rojas, sino enfrentarme a aquello mismo que nos decía él sobre la necesidad de tomar partido, proponiéndole que, aparte de la línea que las actitudes políticas trazaban de izquierdas o de derechas, incluidas las odiosas zonas de indiferencia, había también la posibilidad de salirse fuera de las líneas (creo que hasta le pintaba un esquema de la cosa) y ponerse a hacer frente a la línea toda desde fuera; en fin, una misiva lo bastante impertinente como para poner a prueba el temple y el humor de quien la recibiera.
Pues bien, recuerdo ahora, y qué vivamente, cómo una mañana me llamó aparte entre las clases y estuvo paseándose conmigo largo rato en torno a las pilastras del patio aquel de Anaya, respondiendo seriamente a los términos de mi carta y haciéndome hablar más y más sobre el asunto, como si mis patochadas de adolescente le interesaran tanto como los discursos de los sabios.
Así se fraguó aquella amistad, que había luego de seguirse en los años siguientes amasando (y mucho de nuestras historias posteriores se me ha borrado piadosamente, pero sin enturbiar el recuerdo de su figura de aquellos años), con las tardes en la biblioteca de Clásicas, que había Tovar abierto en aquella sala larga, sus muros llenos de libros a la mano, los de los viejos fondos en ringlera con las últimas novedades, sus grandes mesas y sus dos pupitres con sillones frailunos (qué sobra de emulación filial y falta de respeto el ocupar el de don Antonio las tardes que él no estaba) y sus dos balcones abiertos a la calle de Palominos y, acá abajo, al jardín de la facultad de Ciencias, donde el profesor Galán alineaba para experimentos genéticos sus infinitos tiestos de guisantes; y aquellas otras tardes de paseo los dos solos cuesta de Tentenecio abajo hasta las orillas del Tormes, saltando de la poesía contemporánea a los Principios de Trubetzkoy; o las sesiones en la Facultad misma, como aquella en que nos dijo que había que decidirse, rindiéndose a la necesidad de especializarse, por hacerse o filólogos o lingüistas, él, que nunca se decidió por hacerse una de las dos cosas; pero así eran las contradicciones en que estaba la mejor gracia de su magisterio; o las largas visitas en su casa (me temo que algunas demasiado largas, dada mi mucha adhesión y mi escasa atención a los modales), en que alternaba alguna amonestación sobre la importancia del escrúpulo filológico en la puntuación y acentuación del griego (harta paciencia para la barbarie de mis primeros tratos con las letras de los antiguos) con otros ratos en que para algunos familiares se ponía él a tocar algunas piezas al piano con gusto y tacto seguro, y otros en que, llevándome a su despacho, soportaba pacientemente, a propósito de la Vida de Sócrates que acababa él de publicar, mis invectivas y groseras bromas contra la figura del sátiro pensante, que sólo eran, por mero afán de llevar la contra, preludios del más hondo enamoramiento.
Tenían entonces los libros de su biblioteca, que tantas veces me prestara en aquellos años, un ex libris en sello de tinta con la máxima estoica que dice Oút'ólbos oúte phóbos, que se había hecho bastante popular entre los hispanos como «ni dicha ni miedo».
Ni dicha ni miedo. Ojalá que esas palabras, maestro, te hayan acompañado hasta tu fin, y más allá.” (Agustín García Calvo, “En memoria de Tovar”, El país, 24 de diciembre de 1985)

El texto que acabamos de leer se define por la serenidad ante la vida y la muerte. Contiene, además, el recuerdo del primer encuentro entre docente y alumno, como contrapunto a ese último y definitivo adiós que significa la muerte. Naturalmente, no estamos ante un mero retrato literario, pues nos encontramos ante un profesor real, universitario y laico, de quien García Calvo señala algunos aspectos físicos (la barba prieta, el lazo de lunares) y de su carácter (seriedad combinada con la risa), destacando, sobre todo, su juventud en el momento en que se le retrata. El entonces “don Antonio” será llamado, al cabo del tiempo, “Tovar”, y más aún, “maestro”. Las impresiones del paso por aquella Salamanca de los años 40 son honestamente gratas y positivas. Hay algunos aspectos reseñables en lo que se refiere a lo estrictamente académico. Por un lado, la referencia a esas clases de formación del espíritu nacional que tiene que impartir el profesor de latín y entonces falangista Antonio Tovar, y que hacen apuntar a García Calvo su rechazo ácrata al sistema político como tal. Hay, por lo demás, una serie de referencias puramente científicas que nos recuerdan cómo un puñado de profesores universitarios fueron capaces durante la posguerra de traer los nuevos métodos de investigación entonces en boga por Europa, como es el estructuralismo de la Escuela de Praga, al que alude García Calvo. También podemos ver una preciosa alusión a un hecho que con el tiempo iba a escindir en buena medida los estudios filológicos, como era su repartición en filología y lingüística. Esta circunstancia la hemos tenido que vivir (y a veces hasta sufrir) los que después hemos pasado por las facultades de letras(1). Finalmente, cabe destacar el profundo respeto intelectual que el profesor muestra ante aquellas “patochadas de adolescente”, tal y como el mismo autor define sus reflexiones. No es en esta ocasión demasiado pertinente la cita de un autor latino, salvo la pasajera que encontramos de Cicerón. Tovar y García Calvo han salido de los estrictos límites de la filología latina, y es por ello, quizá, por lo que la figura de Sócrates tiene un peso más específico en esta semblanza. Ello apuntaría, asimismo, a esa afición común que uno y otro han mostrado por los clásicos griegos. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1]  A este respecto, puede ilustrarnos muy bien acerca de lo que decimos el trabajo de Tovar titulado “Apuntes sobre la Filología Clásica desde España”, en Tovar 1941, pp. 127-140.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La gente ya no recuerda, aestimado profesor. ¿Dónde están los poetas andaluces (de ahora)? ¿Dónde los hombres? Pero ¿dónde ls hombres? Gracias por su tiempo y viva el Rey, Juan Carlos I.