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jueves, 23 de julio de 2015

“Por temas de…”: una expresión vulgar de la causa

Es sabido que algunas palabras, dada su inmensa capacidad para designar muchas cosas, terminan teniendo un significado léxico difuso e imperceptible. La palabra “tema”, que en la primera acepción del Diccionario de la Real Academia se define como “Proposición o texto que se toma por asunto o materia de un discurso” ahora sirve prácticamente para todo, incluso, si apuramos el lenguaje, para sustituir a la preposición “por”. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Hace ya muchos años me sorprendió cómo un individuo encorbatado y orgulloso de haber triunfado en la vida preguntaba en un taller de automóviles qué tal iba “el tema” de sus neumáticos. Jamás pensé que tales adminículos de caucho revistieran semejante envergadura intelectual, comparables al “tema del amor en la literatura española” o al “tema de la justicia y el hambre en la Historia de la humanidad”. En fin, como bien reza una inscripción a la entrada de la madrileña casa de Lope de Vega, PARVA PROPIA MAGNA / MAGNA ALIENA PARVA, que viene a decirnos que nuestras pequeñas cosas son importantes para nosotros, mientras que las cosas importantes que no nos conciernen se nos antojan irrelevantes. Esto hace que nos preocupe más, pongamos por caso, “el tema de cortarnos las uñas de los pies” que, por ejemplo, “el tema de los derechos humanos”. Pero, más allá de este banal uso léxico, la palabra “tema” viene adoptando posiciones sintácticas realmente curiosas… y peligrosas. Me llama la atención una construcción que ya vengo detectando desde hace mucho tiempo: “ha faltado al trabajo por temas de enfermedad”. Frente a la sana y llana construcción “ha faltado al trabajo por enfermedad” o “a causa de una enfermedad”, observo cómo ciertos hablantes, en especial personas que trabajan en diferentes ámbitos de la gestión, introducen orgullosamente la palabra “tema” junto a la preposición “por”.  Esto quiere decir que “tema” está, acaso, sustituyendo a la palabra “causa” en estos menesteres que le eran tan propios. El acercamiento de la palabra “tema” a la noción de causalidad provoca también en el ámbito coloquial construcciones asindéticas donde tras la palabra “tema” desaparece la preposición “de”. Así lo veo en un comentario referente a una verja que rodea el actual Museo de Historia de Madrid: “pero te recuerdo que se tuvo que poner por tema pintadas y meadas cerveceras”. La elipsis de la preposición “de” puede tener un mayor alcance del que parece. ¿Y si también elidimos la preposición “por” que va por delante? Esto es lo que oí a finales del año pasado, cuando tuve que avisar a unos poceros para que sacaran el agua que se había acumulado en el hueco del ascensor de mi inmueble:

            “Esto va a ser tema filtraciones”

Si nos damos cuenta, lo que tenemos aquí es el uso del sustantivo “tema” como sustituto de la expresión “por/a causa de”. El paso del significado léxico al meramente gramatical es un hecho bien estudiado en las lenguas (“pensemos en cómo la palabra latina homo “ser humano” se convirtió en el pronombre “on” francés). No obstante, el proceso de desemantización de la palabra “tema” me parece, sobre todo, un fenómeno propio de la pereza mental dominante de la que hacen gala nuestros hablantes y parleros más avezados. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 13 de junio de 2015

Donde habitan los sueños. Un largo paseo por Moscú, hasta la casa de Tolstoi


Que los viajes transcurren, en definitiva, por nosotros mismos, por nuestra íntima historia, es algo que compruebo en especial cuando visito lugares muy lejanos. “Lejano” no quiere decir “ajeno”, como ahora tendré ocasión de mostrar cuando os relate algunas sensaciones de un paseo por Moscú, nada menos que en busca de la casa de León Tolstoi. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Ya os he contado alguna vez que mis impresiones de Moscú son las de una ciudad fría e inhumana, atravesada por grandes avenidas que generalmente se cruzan por medio de pasadizos subterráneos. Es, justamente, en ese improvisado inframundo de los pasadizos donde aflora la vida espontánea de las pequeñas tiendas y donde uno recupera cierta dimensión humana de las cosas.
A la sombra de los antiguos rascacielos estalinistas, y ahora también de los modernos complejos urbanísticos que los nuevos ricos hacen florecer para pasmo de los pobres, Moscú es también una ciudad literaria, y mucho. María José y yo habíamos ido a parar a un destartalado hotel a las afueras de la ciudad, cerca del parque Ismailovo, lugar que en otro tiempo fue propiedad de los zares. Nuestro recorrido diario por Moscú comenzaba siempre en la monumental estación de metro que había cerca del hotel, y todavía provista del aroma fuerte de la antigua Unión Soviética. A las horas punta del metro debíamos mostrar toda la pericia del mundo para no titubear, pues las filas interminables de viajeros no permitían errores o retrocesos.
Ya no recuerdo qué día fue, ni de qué lugar de Moscú partimos exactamente. Sí recuerdo que era por la tarde, y que emprendimos, como es nuestra costumbre, un largo e intenso paseo en busca de la casa de León Tolstoi. El paseo por el Moscú de Bulgakov, en particular por el Moscú de su novela titulada El maestro y margarita, nos había llevado hasta la gratísima Laguna del Patriarca durante una tarde de sol. Ahora disfrutábamos de otra tarde agradable, pero el paseo parecía que nunca iba a terminar (volví a tener la misma sensación en Beijing, cuando dejamos atrás la plaza de Tiananmén). Recuerdo que cruzamos una anchísima avenida donde los autos nos miraban amenazantes y que volví a tener esa sensación recurrente de que por allí era imposible que se conservara la casa de escritor o persona alguna. Pero al fin vislumbramos un gran parque presidido por una gigantesca escultura de Tolstoi, indicio de que ya estábamos cerca. Enfilamos una pequeña calle de la que absurdamente recuerdo un bar cuya puerta tenía forma de botella de vodka.
Al fin nos encontramos con la casa del escritor, construida de madera y pintada de un grato color alegre. Para mí Tolstoi es el recuerdo grado de mi abuelo, buen lector de Tolstoi, como todo viejo anarquista que se preciara de ello, y que me regaló, cuando yo era bastante pequeño, un precioso librito ilustrado que narraba la vida del escritor. Recuerdo dos cosas de ese libro, una que no era recomendado para los jóvenes y otra que Tolstoi logró durante sus tiempos de servicio militar una hazaña habilidosa: un cañón se había disparado de forma improvisada, y Tolstoi logró encajar la bala dentro de otro cañón. No sé si esto fue verdad, ni tan siquiera posible, pero recuerdo perfectamente que aquel librito narraba esa historia, y que a Tolstoi lo condecoraron por ello. Sin embargo, el día en que se le iba a imponer la condecoración Tolstoi se quedó dormido, por lo que sufrió un consejo de guerra que le hizo abandonar el ejército. Quizá por esto el libro no era recomendable para los jóvenes.
Tan lejos de mi casa y, sobre todo, tan lejos de los años de mi infancia, durante aquel rato, ante la casa de Tolstoi, me di cuenta de que para mí aquel gran escritor no era una persona distinta de la de mi abuelo Antonio Jurado. Si miraba el retrato de Tolstoi volvía a ver a mi querido abuelo y regresaba por arte de magia a una parte aún viva de mis días infantiles. También pensé en el comienzo de Ana Karenina, cuando Tolstoi nos dice que la felicidad de las familias suele ser parecida, mientras que la tristeza es diversa. Me vinieron a la cabeza tantos sinsabores de mi familia y horas de angustia en unos tiempos donde yo no podía entenderlos cabalmente. En aquella calle lejana de Moscú, con un vago recuerdo campestre, volví a habitar los sueños. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 6 de junio de 2015

Vestido y cuerpo en la Roma antigua

Los ciudadanos que pueblan nuestros modernos foros urbanos ya no van ataviados con las elegantes togas romanas, sino que, desde la Revolución francesa, llevan monótonos trajes de chaqueta y pantalón. Los occidentales de hoy no somos conscientes de que para la mentalidad romana nuestro atuendo sería poco menos que el propio de un bárbaro. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.

El vestido en la Antigüedad Clásica y, particularmente, en Roma, concebía el cuerpo de una forma muy diferente a la nuestra, si bien esto fue cambiando a lo largo de la historia. Para empezar, las prendas se dividían no tanto por ser exteriores o interiores como por su relación con el cuerpo, es decir, prendas en las que éste se introducía, como una túnica, y prendas que lo rodeaban, como la toga o el palio. De esta forma, en la mentalidad indumentaria romana contábamos con dos tipos básicos de prendas: las que se adaptaban al cuerpo y las que lo rodeaban

Hoy día no estamos tan acostumbrados al uso de los mantos como en la Antigüedad. Éstos, al margen del natural abrigo que pudieran proporcionar durante el invierno, tenían, en el caso de la indumentaria suntuosa, la función de transformar el cuerpo a la manera de las esculturas clásicas. Tan importante era el uso de los mantos, en especial de la toga y el palio, que hasta dio lugar a un verbo específico para expresar su uso frente a otras prendas. De esta forma, la lengua latina desarrolló dos verbos concretos para expresar, respectivamente, la colocación de las túnicas y los mantos. Para el primer caso se utilizaba el verbo induere, empleado para ser usado con el tipo de prendas en las que el cuerpo se introduce, mientras que con el segundo tipo de prenda se recurría al verbo amicire, cuyo valor originario era “poner una prenda por ambos hombros”. Por otra parte, el carácter dual que presenta la simetría del cuerpo, concebido verticalmente en torno a los hombros, está presente en la colocación de la toga y puede tener una dimensión simbólica. En todo caso, la ligazón del verbo amicire con la palabra toga es una seña de identidad de los ciudadanos romanos, que debían representar su ciudadanía llevando la prenda en el foro. Catón el Viejo lo expresaba así: “Era costumbre vestir con honestidad en el foro, mientras que en casa sólo lo que era suficiente”. En definitiva, el sistema indumentario romano no sólo presentaba prendas distintas a las nuestras, sino una concepción diferente de nuestro propio concepto de vestir.

El carácter ascendente o descendente de la túnica: piernas y brazos

Asimismo, el hecho de que el eje vertical del cuerpo marque el carácter ascendente o descendente de las túnicas conlleva connotaciones positivas o negativas, respectivamente. De esta forma, las túnicas recogidas hacia arriba mediante un cinto (succinctae) simbolizaban la diligencia para el trabajo (como cuando nosotros arremangamos nuestras camisas). Por el contrario, la túnica que cae hasta los pies (demissa), se consideraba una vestimenta propia de extranjeros y afeminados. Sin embargo, las connotaciones no son las mismas cuando es la matrona la que lleva una túnica hasta los pies, dado que, en ese caso, simbolizaba la castidad. A propósito de esto dice el poeta Tibulo a la confidente que cuida de su amada (Tib. I 6, 67-68): “enséñale a que sea casta, aunque una cinta no ciña sus cabellos ni una estola larga entorpezca sus pies”. Otras túnicas, llamadas manicatae, que dan origen a la palabra “manga”, son las que recubren el brazo hasta la mano. En la cultura indumentaria romana, tales túnicas no se consideraban aceptables para los varones, por su asociación a lo extranjero y afeminado. No es de extrañar, por tanto, que Cicerón acusara de degeneración a Catilina y sus amigos refiriéndose al uso que hacían de las túnicas talares y de manga larga (Cic. Cat. II 22), pues resultaban extravagantes e impropias. Sabemos que la túnica por antonomasia no tenía propiamente mangas largas y descendía, a lo sumo, poco más allá de la rodilla.

Nuevas prendas bárbaras, nueva concepción del cuerpo

El sistema indumentario clásico estaba basado, como hemos referido, en la simetría y la verticalidad del cuerpo. Sin embargo, esta concepción comenzó a verse alterada por la paulatina introducción de prendas foráneas, como las bracae, acaso más cómodas y, sobre todo, útiles frente al frío. Cuenta Suetonio que el emperador Augusto llevaba una suerte de calzoncillos largos (feminalia) porque era muy friolero. En todo caso, el emperador hacía uso de esta prenda en su vida privada. Fue el uso de calzones o bracae por parte de los soldados que venían de las campañas del norte de Europa lo que supuso un verdadero choque de mentalidades. Es significativo que el término bracae se usara en latín como un nombre genérico para referirse a distintos tipos de prendas extranjeras que tenían como denominador común el hecho de marcar la bifurcación del tronco en dos extremidades, las piernas. Ya no se trataba del hecho más o menos ridículo de que una túnica bajara o subiera demasiado con respecto a las rodillas, sino del uso de una prenda foránea, de carácter tubular, que rompía absolutamente con la naturaleza simétrica del cuerpo, dado que lo dividía por la cintura. Si como hemos visto, la toga divide el cuerpo simétricamente con respecto a los hombros y las bracae asimétricamente con respecto al tronco y las piernas, la degradación resulta evidente. De este modo, la misma extrañeza que podía suscitar a un ciudadano romano el uso de esta prenda bárbara es la que a nosotros, ya acostumbrados a los pantalones, nos produciría una persona ataviada con una larga túnica. Las bracae, a su vez, trajeron como complemento un nuevo tipo de prenda superior, la camisa, muy distinta a la túnica clásica y que pertenecía a otro sistema indumentario. Incluso el poeta Marcial se ríe de un amigo que lleva, precisamente, una camisola gala (Mart. I 92, 8): “si una camisola gala te cubre la mitad de las nalgas”. De esta manera, la historia del vestido romano se puede definir como una incesante lucha entre la concepción clásica de la indumentaria y las nuevas prendas que vienen de las regiones del norte de Europa, en particular las bracae, origen de los modernos y poco nobles pantalones.

Vestido femenino y evocación

Al cabo del tiempo, algo tan masculino como las bracae acabó dando nombre en algunas lenguas romances a una de las prendas íntimas y femeninas por excelencia: las “bragas”. No obstante, el término “bragueta” todavía recuerda que eran los hombres los que se las ponían antes que ellas. Sin embargo, las mujeres romanas no conocían nuestro actual concepto de ropa interior o ropa íntima. Sí es verdad que podían portar una suerte de sujetador (strophium), ceñir sus pechos con vendas (fascia pectoralis), o realzarlos mediante un cinturón (zona) colocado precisamente por debajo, a la manera de la famosa emperatriz Josefina Bonaparte. Sin embargo, todavía quedaban muchos siglos para que la túnica inferior o subucula, en principio común a mujeres y hombres, evolucionara hasta dar lugar a los corpiños. La túnica femenina por excelencia era la stola, bien distinta de la túnica masculina, como antes señalamos, por sus mangas largas y la extensión hasta los pies. Era, ante todo, símbolo de pudor y castidad. El pallium rodeaba sus cuerpos, de manera que el patrón indumentario no difería sustancialmente con respecto al de varón. Era, precisamente, la variedad de colores lo que caracterizaba el vestido femenino. En su Arte de Amar (III 170-194), el poeta Ovidio aleccionó a las jóvenes sobre esta variedad cromática. En todo caso, y a pesar de sus diferencias sociales, matronas y meretrices compartían en Roma una obsesión: el gusto por el adorno y el atavío. La mentalidad romana, tan apegada al pensamiento jurídico, distinguió lo que era fungible de ese arreglo, es decir, los afeites, y lo que era heredable y patrimonial, en especial el oro y la púrpura. Hasta llegó a promulgarse un ley, la Lex Oppia, que hasta comienzos del siglo II antes de Cristo, tras la Segunda Guerra Púnica, restringió la capacidad de ostentación de las mujeres más pudientes. Esto suscitó la primera manifestación femenina de la Antigüedad. Sin embargo, tal circunstancia no impidió que se creara toda una industria del lujo, y que a Roma llegaran de Oriente preciosas telas púrpuras y de seda. Es importante observar que los vestidos lujosos se caracterizaban por un nombre propio, sobre todo evocador, que los hacía, si cabe, aún más deseables. Los nombres venían, por lo general, motivados por el lugar de origen de la prenda, como la isla de Cos para la seda, o la ciudad de Tiro para la púrpura. De esa procedencia se han formado los nombres Coa o Tyria vestis, cuyo uso literario hizo las delicias de los poetas elegíacos. Es algo muy parecido a lo que hoy día ocurre con las marcas de los grandes diseñadores: era tan evocador y “chic” decir que una matrona romana llevaba un “vestido de Cos” como decir hoy que una mujer famosa lleva un “Versace”. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 26 de febrero de 2015

Phnom Penh (Camboya): rezar en el museo

Tras un largo viaje en autobús de línea desde Siem Reap, al norte de Camboya, llegamos a la capital, Phnom Penh, con el tiempo suficiente de dejar las maletas en el hotel y de acercarnos hasta el Museo Nacional de Camboya, casi a punto de cerrar, con el fin de que al día siguiente pudiéramos volver con más calma. El precioso edificio de comienzos del siglo XX, herencia de los tiempos ya lejanos de la colonización francesa, albergaba no sólo las bellas estatuas del antiguo arte jemer, sino sorpresas y vivencias no menos reseñables. Por FRANCISCO GARCÍA JURADO, HLGE
Phnom Penh emerge poco a poco como una de las nuevas capitales del sudeste asiático. Ciudades como Bangkok o la más cercana Saigón son, en buena medida, sus modelos, incluido el infierno de los millones de motocicletas. Nuestra pasión por los museos de arte nos hizo acudir en primer lugar hasta el edificio del Museo Nacional, aunque el breve paseo que hicimos desde el hotel ya nos dio algunas claves acerca de cómo eran las gentes de la ciudad. Menos pobres que en las zonas rurales, los habitantes de Phnom Penh son, al igual que en toda Camboya, mayoritariamente jóvenes. Tristemente, algunas preciosas muchachas aparecían sentadas en las terrazas de cafés europeos junto a occidentales maduros que compran su "amor" por unos cuantos dólares. Frente a ello, no lejos del museo, hay un conocido restaurante concebido precisamente para sacar de la calle a personas jóvenes, de manera que puedan ganarse la vida dignamente. Lo primero que hicimos durante nuestra breve y primera visita al museo fue curiosear en la tienda, que no es más que un mostrador de cristal en forma de ángulo recto. Elegí diez postales de antiguas esculturas jemeres, no sin antes preguntar su precio: medio dólar por cada una. Cuando ya había reunido diez, y ante mi evidente interés, la mujer que ne atendía dobló sin más el precio de las postales. Ante mi negativa a semejante atropello terminó volviendo al precio inicial de la compra, aunque con ello quedó evidenciada la común práctica de muchos camboyanos, incluida la policía, de intentarse quedar con algo de dinero mediante artimañas variadas. La policía, por ejemplo, vende sus placas oficiales por cinco dólares. Advertí a una mujer holandesa de que tuviera cuidado si iba a comprar algo.

Al día siguiente volvimos al museo, no sin antes haber recibido las amables invitaciones a tomar un vehículo motorizado (los asiáticos no entienden ni quieren entender nuestra obsesión europea por pasear) o las "atentas" indicaciones de espontáneos que te informan de que el museo o el palacio real están cerrados a tal o cual hora, con el fin de engañarte y llevarte a donde ellos quieren. Ya en el museo, estábamos prácticamente solos a la hora de apertura, las ocho de la mañana. Volvieron a sorprenderme en el mostrador de la tienda unas ramitas de azahar, blancas y olorosas, que había visto el día anterior, pero que debido al cansancio del largo viaje y al intento de engaño al comprar las postales no había observado de manera consciente. ¿Por qué estaban allí?, me pregunté, ¿acaso como adorno?

La respuesta vino luego, ya en las salas del museo, cuando pude comprobar cómo las cuidadoras ofrecían a los visitantes tales ramitas para hacer un ofrenda a los budas que allí se exponían. ¿Os imagináis que en el Museo del Prado los vigilantes proporcionaran velas para poner delante de un Cristo pintado por el Greco? Me llenó de asombro ver cómo aquellas mujeres encargadas de cuidar de las salas del museo no concebían las esculturas religiosas como piezas artísticas, sino como objetos de culto. Las ramitas de sándalo humeantes y el azahar formaban parte del propio ambiente del museo, algo que confería a aquel lugar una sensación extraña de estar vivo, pese a la asepsia que la museografía francesa de comienzos del siglo XX había conferido a aquel hermoso edificio. La cultura europea creó, fundamentalmente a lo largo del siglo XVIII, una peculiar visión de las obras de arte: su museización. Podíamos leer a Santa Teresa de Jesús sin necesidad de ser místicos, estudiar el Cristo de Velázquez sin tener por ello que profesar la fe católica, porque todo aquello pasaba al acervo de la historia del arte. En aquel lugar, las cuidadoras desconocían felizmente nuestra componendas intelectuales e historicistas, de manera que un "buda" seguía siendo un buda allí y en Sebastopol.
Me acordé de ciertos sacerdotes católicos que, cuando acudimos a visitar una iglesia antigua, nos miran con una medio sonrisa, porque no visitamos el lugar santo por motivos de fe, sino de laico interés por el arte. La fe es hermosa cuando ayuda a vivir a los demás, pero puede convertirse en un arma destructiva. Hace unos años, los talibanes afganos dinamitaron unos budas gigantescos esculpidos en piedra porque eran impíos (hoy, en febrero de 2015, han destruido un museo arqueológico en Iraq). No se consideró que pudieran ser patrimonio de la Humanidad o fruto de una larga historia. Aquí, en Phnom Penh, el museo se convertía ahora en una improvisada pagoda, al margen de que aquellas esculturas figuren hoy día en todos los grandes libros de la historia del arte.
Si os apetece saber algo más acerca de este museo no dudéis en consultar su página web:
http://www.cambodiamuseum.info/index.html
FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 18 de febrero de 2015

Borges y la lenta ruta de la seda

Mis compañeros de viaje no tenían ni la menor idea del experimento que estaba realizando mientras recorríamos uno de los trechos míticos de la ruta de la seda, precisamente entre Bujara y Samarcanda. Mi inocente lectura, el manejo silencioso de unos folios, contenía toda una experiencia irrepetible: leer ciertos versos de Borges ni más ni menos que en plena ruta de la seda. ¿Por qué? Sobre todo porque debemos viajar leyendo y leer mientras viajamos. Pero esta lectura, de manera concreta, no era casual. Había sutiles asociaciones. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
La ruta de la seda, con su trasiego incesante de remotas caravanas, no nació por las consabidas razones comerciales que todos los libros de historia y viajes se empeñan en contarnos. Nació, simplemente, para que un poeta llegara a sentir en cierto momento la frescura de la seda de Oriente. Esta razón es tan profundamente hermosa como inútil, pero así es como nos la cuenta Jorge Luis Borges: "Por el camino de la seda, por el arduo camino que fatigaron antiguas caravanas para que un paño con figuras llegara a manos de Virgilio y le sugiriera el hexámetro, Marco Polo, atravesando cordilleras y arenas, arribó a la China (...)" (Marco Polo, "Descripción del Mundo", en Biblioteca Personal J.L. Borges). El poeta que sintió la frescura de la tela de Oriente fue Virgilio, cuya obra es imprescindible para comprender la poesía de Borges. Tras mi libro titulado "Borges, autor de la Eneida" (2006) llevo tiempo estudiando cómo Borges llegó a aprender en sus tiempos adolescentes de Ginebra otra de las obras latinas de Virgilio, concretamente la primera égloga, la que nos presenta a dos pastores, Títiro y Melibeo, cantando sus penas y alegrías. Esta égloga se cierra con dos versos insuperables, donde se nos habla del plácido ocaso, de las sombras de los montes y de las lejanías. Pues bien, he tenido la irrepetible experiencia de leer los versos de Borges, los inspirados en Virgilio, a lo largo de una parte de esa ruta de la seda. En cierta manera, estos versos han regresado a su ideal origen: los camellos trajeron la seda hasta Roma, hasta Virgilio; Virgilio, a su vez, inspiró a Borges algunos de sus mejores poemas en la Ginebra adolescente de 1914; finalmente, yo leo los poemas de Borges en el lugar originario que trajo la supuesta inspiración a Virgilio, al menos según Borges. Mi experiencia de viaje se ha vuelto, por tanto, parte de esta admirable ficción. Mientras recorríamos el árido desierto mi mente lectora intentaba dilucidar, muy en concreto, el sentido o sentidos que tiene el adjetivo "lento" en la poesía de Borges. Si Virgilio dice que uno de sus pastores está "lentus in umbra", Borges pasea por la innumerable biblioteca "lento en mi lenta sombra". "Lento", en Virgilio, se refiere a cualidades tan diversas como lo "flexible" o lo "tranquilo". Borges, entre otras cosas, habla de la "lenta mano de Virgilio" cuando acaricia la seda de Oriente. Mi lectura fue intensa y gratificante. No era una lectura meramente ociosa y venía motivada por muchas horas de reflexión previa. Algunas de esas horas habían transcurrido previamente en la propia Ginebra hacía un tiempo. Lo más curioso de todo fue que, ya de regreso, tuvimos que hacer una parada técnica precisamente en Ginebra. Desde el avión vi de nuevo los hermosos Alpes, coronados por el Mont Blanc, y supe que esas mismas montañas de las que habla Virgilio al final de su primera égloga son también las que Borges vio desde la Ginebra de su adolescencia. Borges está enterrado en Ginebra, en el tranquilo cementerio de Plain Palais. La ciudad de su adolescencia se convirtió, al mismo tiempo, en la ciudad de su crepúsculo. De la misma manera, el latín de Virgilio terminó siendo una nostalgia, inseparable de Ginebra. No sé muy bien cómo, pero antes de aterrizar en Ginebra di con la clave de "lento" en Borges. El resultado de esta investigación se ha publicado ahora en tierras no menos míticas y literarias, las de Escocia (Bulletin of Hispanic Studies), en cuya ciudad de Aberdeen Joseph Cartaphilus (¿inmortal Homero?) se subscribió a los tomos de la Ilíada de Pope. Así se cierra una mágica ruta sentimental que comenzó en Ginebra, prosiguió por las tierras Uzbecas y termina coronada por las brumas del norte. Nada más borgiano. Es por ello por lo que cuando volvía de la ruta de la seda y llegaba a Ginebra la realidad geográfica de mi viaje se había convertido ya en un itinerario oculto, quizá uno de los viajes literarios más sutiles que llevaré a cabo alguna vez a lo largo de mi vida. El resultado ha sido dichoso, y he vuelto a comprobar que todavía hay lugar para la magia en nuestras vidas. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 13 de enero de 2015

El latín bárbaro en las marcas publicitarias

No es algo nuevo afirmar que el latín ha servido de motivo de inspiración para las marcas publicitarias desde que éstas existen. El propio latín de los emblemas de Alciato, en pleno siglo XVI, ya resultaba muy atractivo para el reclamo, llámese moral entonces y ahora comercial. Pero lo que más me llama la atención en estos últimos tiempos es la barbarie descarada y orgullosa de sí misma, plasmada en falsas marcas comerciales escritas en sucedáneos de latín donde se busca un prestigio absolutamente vacuo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Pasaron aquellos tiempos en que alguien, con absoluto respeto a una lengua venerable y de cultura, buscaba nombres latinos para sus productos. Preciosa resulta la ya clásica marca FESTINA (de "Festina lente", en la más pura tradición de los emblemas de Alciato) para los relojes, o AUDI (traducción culta del alemán "Hören", es decir, "Escucha", que no era otra cosa que el apellido latinizado del fabricante, en la más digna tradición humanística, la que hizo, por ejemplo, que Juan Martínez Guijarro se rebautizara como SILÍCEO).
Esta actitud humanística se desvaneció, quizá por resultar demasiado elegante. Luego llegó la época de los errores, Y eso que soportar algunos traspiés prosódicos ya parece hoy día una cuestión de mero detalle, como ocurre con el SÁNITAS (¡hasta te corrigen para que patees el latín diciendo "SANÍTAS" cuando eres tú quien lo pronuncia a la manera latina!), o el no menos egregio Seat ÉXEO (y no el incorrecto "EXÉO", cuya crítica me granjeó el cabreo de un señor que me llamó "patán", cuando, en realidad, debería haberme llamado "pedante").
Pero todo esto parece ya una minucia ante los nuevos nombres latinos que adornan ciertas marcas comerciales. Me sorprendió la ahora fenecida cadena de restaurantes NOSTRUS, donde la mala calidad de la comida que se servía debía de ser, precisamente, un reflejo de la poca claridad mental del publicista que se atrevió a transformar el adjetivo NOSTER en algo tan horroroso. Pero ahora aparece en la radio la empresa COMUNITÁE (la aberrante tilde sólo la pongo a título orientativo para que se aprecie mejor cómo se consuma el crimen de la palabra latina). La noble palabra de la tercera declinación que declinamos como COMMUNITAS, COMMUNITATIS pasa ahora a una especie de latín escolar y bárbaro, no sólo mal declinado, sino también mal pronunciado. Me recuerda esto a los malos alumnos que dicen que del latín sólo saben el ROSA, ROSÁE, es decir, que ni eso saben, porque el genitivo de ROSA se pronuncia correctamente como RÓSAE. Y ya no contentos con semejantes atropellos a Cicerón, otros publicistas salen con la marca ARRENTUM, que ya ni es latín ni es "ná". No voy a entrar en quisicosas de léxico, pero desde luego "arrendar" no se dice así en latín. El publicista dichoso ha pensado directamente en el verbo "arrendar" en español y lo ha latinizado como mejor le ha parecido. No de manera distinta latinizaba el cura de misa y olla Ignacio Calvo cuando escribió su Quijote en latín macarrónico: "In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum".
Lejos de  estar ante una mera anécdota, nos encontramos ante otro de los síntomas de esta sociedad posmoderna, ramplona y, en el fondo, medieval y antihumanística. Nos sigue pareciendo prestigiosa cierta cultura, pero nos negamos a aprender, al sentido profundo de lo que implica formarnos en el decoro de las cosas. Es como cuando se organizan presentaciones de libros dedicados a estas intensas y lucrativas vidas de futbolistas galácticos que sólo tienen veinte años (¡y san son dignos de una biografía!). Es precioso presentar libros y hacer igual que hacen esos señores aburridos, los académicos, que saben tanto, pero que son tan abstrusos. Nos gustan las formas, pero no los contenidos. Nos gusta que suene a latín, pero no que sea latín. ¿Para qué?  FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 5 de enero de 2015

Baudelaire y Émile Egger en Montparnasse: fama y vanidad

La primavera de 2007 acudimos María José y yo a París porque era necesario, entre otras cosas, visitar el Museo Gustave Moreau, a fin de completar el catálogo de retratos imaginarios de poetas griegos hechos por este pintor. En otra ocasión hablaremos de ello. Hoy, quiero relatar la experiencia de la fama y la vanidad que, cómo no, también podemos ver en los propios cementerios. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

El caso es que tenía ganas de visitar la tumba de Baudelaire en Montparnasse, uno de los célebres cementerios parisinos que atesoran tantas sepulturas de celebridades. Sé que muchos turistas acuden a este cementerio en busca de sus escritores y artistas famosos. Lo cierto es que costó algo encontrar la célebre tumba, bastante discreta y escondida en lo que se llama la División Quinta. He de reconocer que si no es por María José no habría dado con ella, habida cuenta de mi despiste crónico.

Curiosamente, al principio, creí que la tumba sería más notoria, algo así como la que podéis ver ahora junto al texto. Pues bien, me acerqué primero a esta tumba, cuya fotografía contempláis y podéis ampliar, y comprobé que se trataba, nada menos, que de la tumba de Émile Egger, el célebre clasisista francés e historiador de la literatura clásica. Estas son algunas de sus obras:

Essai sur l'histoire de la critique chez les Grecs (1849)
Notions élémentaires de grammaire compare (1852)
Apollonius Dyscole, essai sur l'histoire des théories grammaticales dans l'Antiquité (1854)
Mémoires de littérature ancienne (1862)
Mémoires d'histoire ancienne et de philologie (1863)
Les Papyrus grecs du Musée du Louvre et de la Bibliothèque Impériale (1865)
Études sur les traits publics chez les Grecs et les Romains (1866)
L'Hellénisme en France (1869)
La Littérature grecque (1890).

Naturalente, hoy día casi nadie conoce a esta otrora gloria de la cultura y la ciencia de Francia. Sólo quienes tenemos como pequeños héroes a estos insignes filólogos somos capaces de comprender lo que pudieron ser y significar para su tiempo.


En comparación con la tumba de Baudelaire, enterrado junto a otros familiares, la tumba de Egger es con diferencia mucho más notoria. Además, el nombre de Baudelaire ni tan siquiera aparece al comienzo de la lápida. Si no fuera por las coronas y las flores que aún se depositan sobre el lugar en el que reposan los restos del autor de Las Flores del Mal no sabríamos, ciertamente, que esa es la tumba del gran poeta maldito.

Me gusta pensar, fabular más bien, que el filólogo Egger llevará años mirando de reojo, y no muy bueno, por cierto, el continuo trasiego de visitantes hacia la tumba vecina, la de un poeta "moderno" y poco digno, mientras que a él le ignoran, o le ven como uno de tantos personajes desconocidos de los siglos pasados.

Como bien supo ver Clarín en su cuento "Vario", dedicado a ese poeta famoso en la época de Agusto del que apenas se han conservado un par de versos, sería muy asombroso para algunas personas saber cuán olvidadas estarán al cabo de los años, en contraste con la efímera fama de la que han disfrutado acaso en vida.

: Francisco García Jurado

HLGE