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sábado, 26 de marzo de 2016

Noches Áticas de José Antonio Padilla, o el dolor de no llegar a tiempo

En abril de 2009 publiqué un blog que ahora reproduzco aderezado de nuevos datos e intuiciones. Dediqué este blog a un joven e impar poeta llamado José Antonio Padilla y, de manera más particular, a su libro titulado Noches áticas. Desgraciadamente, nuestro poeta nos dejó hace ya un tiempo en lo mejor de su vida. Parece que con algunas personas se cumple trágicamente la sentencia de Menandro, es decir, aquella según la cual mueren jóvenes aquellos a los que los dioses aman. Ahora, releyendo a Cortázar, descubro o intuyo nuevas lecturas. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Cuando en 2007 andaba redactando la introducción a mi selección de las Noches áticas de Aulo Gelio dediqué unas cuantas páginas a la magia de su título. Me puso en la pista de esta magia un trabajo escrito por el profesor Amiel Vardi, de la Universidad Hebrea de Jerusalén. El trabajo versaba sobre la especial naturaleza de este título, que no se refería al contenido de la obra, sino a la circunstancia en que fue escrita: la noche en la campiña ática. Citaba en mi introducción otras obras que también se referían en su título a la noche, como las Noches lúgubres de Cadalso o las Noches florentinas de Heyne.

De casualidad, como suelen ocurrir algunas grandes cosas, descubrí que había un libro de poemas, publicado en 2007 y titulado precisamente Noches áticas. Su autor, José Antonio Padilla, joven poeta nacido en 1975 en Álora, había puesto a su libro el mismo título de Gelio, jugando, por cierto, con el doble sentido de la palabra "ática": posibles noches literarias en el Ática, pero también noches reales vividas en un ático. Al cabo del tiempo quise ponerme en contacto con José Antonio Padilla. Busqué en la guía telefónica y di con su homónimo, un hombre mayor, encantador, que se sintió muy honrado por llamarse igual que un poeta. Al cabo de un par de días, este otro José Antonio Padilla me llamó para decirme que había dado con el paradero del poeta. Vivía en Álora, el lugar de su nacimiento, y por lo que pude entender me dijo que andaba algo enfermo.

Obligaciones varias hicieron que postergase un poco mis indagaciones, incluso la compra de su libro. Tras todas esas indagaciones me enteré por internet de que José Antonio Padilla había fallecido, increíblemente joven. Poco después de esta horrible noticia me llegó el aviso de correos que traía su preciado libro. Llegué tarde, pues, para escribir este blog acerca de estas nuevas Noches áticas. Cuando abrí el libro vi que, en efecto, había en él, a manera de cita, un pequeño homenaje al título del autor latino: "Noches áticas. A. Gelio". Allí estaba la confirmación de aquella conciencia de Gelio por parte de un poeta que, ademas, era filólogo hispánico. Entonces pensé en jugar a leer aquel elegante libro de poemas desde la perspectiva de mi propia lectura de Aulo Gelio. Un primer poema se titula, ya para empezar, "Disciplina", no sé si con intención. Si Gelio pasaba sus vigilias leyendo, escribiendo y, en el fondo, aprendiendo ("aprender" se dice en latín "discere", de donde viene la palabra "disciplina") en un "ordo fortuitus", Padilla nos habla de que

"la vigilia persigue un orden que siempre es demente
mientras nos asombramos de estar vivos"

La otra noche, mientras leía el capítulo segundo de Rayuela, escrita por Julio Cortázar, un párrafo sublime me recordó este poema:

"Llegué a aceptar el desorden de la Maga como la condición natural de cada instante, pasábamos de la evocación de Rocamadour a un plato de fideos recalentados, mezclando vino y cerveza y limonada, bajando a la carrera para que la vieja de la esquina nos abriera dos docenas de ostras, tocando en el piano descascarado de madame Nouguet melodías de Schubert y preludios de Bach, o tolerando Porgy and Bess con bifes a la plancha y pepinos salados. El desorden en que vivíamos, es decir el orden en que un bidé se va convirtiendo por obra natural y paulatina en discoteca y archivo de correspondencia por contestar, me parecía una disciplina necesaria aunque no quería decírselo a la Maga."

En particular, la presencia conjunta de las dos mismas palabras en cada texto, "disciplina" y "(des)orden", me han llevado a esta intuición que tanto recuerda a las que Borges sugiere para los precursores de Kafka. Si soy capaz de confirmar esta impresión, podría acaso afirmar que Ignacio Padilla ha fundido admirablemente dos lecturas distantes pero mágicamente conectadas: la de las Noches áticas de Gelio con la Rayuela cortaciana. De hecho, en ambas obras el desorden adquiere una peculiar forma de organización vital.

Padilla termina su libro con un poema titulado "Madrugada", que comienza así:

"Cada vez que te asomas a mis labios nada es tan terrible como vivir"

Gelio recoge entre sus páginas unos versos amorosos atribuidos a Platón que me recuerdan igualmente los versos de Padilla:

"Mientras besaba a Agatón mi alma acudía a mis labios,
la muy desdichada quería atraversarlos."

El amor es un tema común tanto en Cortázar como en Padilla, mientras que en las Noches Áticas de Gelio tan sólo se vislumbra por medio de estas citas circunstanciales.

Lejos está de mi intención buscar entre ambas obras, esencialmente dispares, relaciones o ecos. Sé que la noche es lugar mágico para leer, escribir, para soñar, para amar... El libro de José Antonio Padilla supone el elogio de un gran titulo, lo usa como título propio y como cita, y lo asimila para su propia realidad y nos lleva a la evocación de Cortázar.

Ya no podré hablar con José Antonio Padilla sobre un tema tan maravilloso y cautivador. Me queda, como a Montaigne ante la pérdida de su amigo La Boetie, esta posibilidad de diálogo que se asoma tras las páginas de los libros: ahora soy su lector, ahora quedo al otro lado de la cubierta impresa y del tiempo, ahora me siento impotente ante la vida, cuando menos, la real, la que se aleja de los sueños para convertirse, sin embargo, en otra forma de sueño. FRANCISCO GARCÍA JURADO H.L.G.E.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Para el éxito

Como dos impostores, al menos era así como el poeta Rudyard Kipling veía al éxito y al frasado, esos polos disparejos en los que solemos cifrar nuestra vida. Somos nuestros errores, y nuestros fracasos dicen tanto de nosotros como nuestros propios éxitos. Problema más arduo es plantear lo que encerramos tras cada una de estas palabras. Estas cosas pienso a menudo cuando veo la estatua dedicada a Camilo José Cela en la Ciudad Universitaria. Está entre las facultades de Filología y Derecho, en la plaza o cuadrángulo que muchos, acaso, sólo ven como un aparcadero de automóviles. A mí me conmovió, sobre todo, la frase lapidaria que encontramos bajo el busto de Cela, como recién escrita de su mano. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Para José Antonio González Marrero, desde la distancia física que la amistad vuelve cercana

La frase en cuestión dice: "PARA EL ÉXITO SOBRA EL TALENTO, PARA LA FELICIDAD NI BASTA". Me llamó la atención el tono lapidario de la frase, propio de una sentencia de Séneca o del mismo Gracián. Podía haber sido el motto de un emblema del siglo XVII, adornado de un grabado barroco. La reflexión, sin embargo, tiene un transfondo que nos acerca a nuestro tiempo, pero que nos recuerda también a frases latinas, como ésta de la Eneida de Virgilio: "Aprende de mí la virtud, de otros el éxito". Es así como Eneas se refiere a su propio hijo antes de combatir contra el terrible Turno, sin saber, claro está, cómo termirá el singular combate. Pero más cercana a nuestro tiempo, y grabada en la propia estación del metro de Ciudad Universitaria, podemos leer estos versos de Jaime Gil de Biedma: "Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante". Se trata de un poema titulado "No volveré a ser joven", donde la experiencia acumulada a lo largo de nuestros fracasos, a menudo disfrazados de éxitos, nos va dando la pauta lúcida de aquello que pudo ser lo realmente importante para nuestra vida. Pensando ahora en la frase de la Eneida (Disce, puer, virtutem ex me verumque laborem, fortunam ex aliis (Aen. 12, 435), he tenido el gusto de traducir al latín la sentencia de Cela. Es una frase lapidaria, absolutamente apta para este ejercicio traductor, dado que la sintaxis puede quedar inalterada: TRIUMPHO SATIS INGENIUM, LAETITIAE NON SUFFICIT. Ahora que la Universidad Complutense es noticia, una vez más, por los nubarrones de la deuda que se ciernen sobre ella y las tremendas dificultades económicas (esta universidad es la triste metáfora de un país), estos rincones se vuelven pequeños reductos de paz. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 7 de febrero de 2016

Safo habla de sus tres amores... desde la cárcel

Nuestra fuerza vital, nuestra pasión, queda a menudo a merced de un papel quebradizo, y esto no deja de ser una magnífica metáfora de nosotros mismos, de nuestra efímera condición de seres débiles y pasajeros que sueñan con la eternidad. Estos papeles, como nosotros, son a menudo capaces de sobrevivir al tiempo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

De vez en cuando, la Biblioteca Nacional de Madrid expone sus nuevas adquisiciones patrimoniales. Recuerdo especialmente la exposición titulada "Tesoros al descubierto: adquisiciones patrimoniales de la BNE". De todo lo expuesto allí, quizá lo que más me llamó la atención fue un documento autógrafo de Federico García Lorca que contenía un poema escrito en Nueva York. El poema estaba fechado en 1929, coincidiendo con la estancia del poeta en la ciudad de los rascacielos. La apariencia frágil del documento, un papel amarillento y emborronado con una caligrafía nerviosa, encerraba un frágil tesoro de contenido indeleble y poderoso: "La luna pudo deternerse al fin (por) la curva blanquísima de los caballos (...)". Nuestra fuerza vital, nuestra pasión, queda a menudo a merced de un papel quebradizo, y esto no deja de ser una magnífica metáfora de nosotros mismos. El color del papel y su carácter me hizo pensar inmediatamente en otro documento que atesoro en mi biblioteca, una copia mecanoscrita de un poema sobre Safo realizada por mi abuelo, Antonio Jurado López, en algún momento del decenio de los años cuarenta, probablemente en la cárcel del Dueso.
Conocí este documento cuando estudiaba, precisamente, los fragmentos de Safo en versión griega. Le comenté a mi abuelo que no se conservaba completo ninguno de sus poemas, y él se quedó muy extrañado. No tardó en traerme su poema (no le pregunté cómo había conseguido conservarlo desde los lejanos años cuarenta) y no terminó de convencerse de que aquello que él me traía como regalo realmente fuera un poema moderno sobre Safo y no escrito por ella misma. El problema era localizar la autoría, como prueba irrefutable de esa modernidad. Una lectura superficial de la composición daba cuenta inmediata de que participaba claramente de la estética simbolista y parnasiana, a la manera de lo que había hecho con el propio Homero el poeta Leconte de Lisle (cuya versión española luego tradujo Germán Gómez de la Mata para la editorial Prometeo). Los parnasianos trajeron consigo una nueva visión de ciertos autores de la literatura griega, una visión alejada de los comedidos presupuestos clasicistas que habían quedado conformando una estética antirromántica a lo largo del siglo XIX que conocemos como "clasicismo".
Cierta sensualidad y encendida pasión sexual preside este poema donde Safo habla sin ambages de sus amores femeninos. También conservo de la biblioteca de mi abuelo algún ejemplar de Alberto Insúa, cuyo fino erotismo terminó calando en la estética modernista de autores dispares desde el punto de vista político. Finalmente, tras no pocas indagaciones y un certero golpe de buena suerte, he llegado a la autoría del poema, debida al nicaragüense León Santiago Argüello:

“Habla Safo
de sus tres amores”

LEÓN SANTIAGO ARGÜELLO
(León, 1872-Managua, 1940)

¡Oh, vírgenes de Lesbos...! ¡Adoradas
y encantadoras vírgenes! ¡Vosotras
prendéis en el fanal de mi pupila
esa vívida lumbre de las diosas!
¡Qué fulgentes los ortos de mi dicha
cuando os veo venir; cuando radiosas,
el perfume esparcís de las praderas;
cuando, a su paso, vuestros pies enfloran;
cuando bajan en densas espirales,
del cabello, las víboras, que enroscan
sus anillos de seda en vuestro cuello:
esas ávidas víboras que flotan
como obscuros afluentes del Cocito
o cual rayos de una alba esplendorosa,
buscando sobre el seno palpitante
la miel de Hymeto en la colmena roja!
¡Athis divina! ¡Que se encienda mi alma
en la risa de luz que hay en tu boca,
y que es rayo auroral que va jugando
en los pétalos frescos de una rosa!
¡Que me envuelva tu pelo rubio, como
un áureo manto real! Y que a la sombra
de tu pestaña crespa, Amor encienda
en tus célicos ojos tus auroras,
en tus ojos azules como el Actium,
y como el Etna ardientes...
¡Tú, Anactona,
que enloqueces mi mente! ¡Tú, el ensueño
del alma ambicionado...! ¡De tu boca
riega sobre la mía la cascada
de tus ígnicos besos!
¡Venid todas,
bellas hijas de Pira...! ¡Ven, Cyrina,
la del mohín lascivo...! ¡Ven, Andrómeda!
¡Timas, Naís... volad! ¡Volad! ¡Que escancie
la madre del Amor en nuestras copas
sus embriagantes vinos...! ¡Que se tiñan
los auríferos bordes, y las rosas
de vuestros grasos labios encendidos
ensangrienten la tez de sus corolas!
¡Matadme, delirantes...!
¡Ven, Corina;
hazme que pruebe de tu piel sabrosa!
¡Ponme borracho de deleite...! ¡Déjame
con mis sedientos labios en la copa!
Y tú, mi Cydno, ¡mi adorada Cydno!
¡Blanca como el plumón de la garzota,
como la espuma que envolvió a Citeres
en pañales de tul...! Ya la zozobra
de nuestras gratas expansiones íntimas
me agita el corazón, e hirviendo, azota
mi sangre las arterias. ¡Haz que sea,
por el amor, mi sangre abrasadora,
mar de oleaje bravío, mar de lava
que se estrella en sus cárceles de roca,
y levanta vorágines, y escupe
a los cielos la espuma de su cólera!
¡Llegad presto, queridas! El deseo
con sus puntas eléctricas me toca.
¡Me parece que os tengo entre mis brazos,
que vuestras carnes con mis carnes rozan,
que un aliento caldeado me enloquece,
en un pujante resollar de forja,
y que son vuestros senos pebeteros
do eróticos perfumes se evaporan!
¡Volad, hijas de Zeus...! Que ya siento
calcinarse las frases en mi boca;
mi lengua se entumece, y es mi labio
un páramo. ¡La angustia, sudorosa,
me aprieta el corazón, tiembla en mis carnes,
me estruja la garganta y me sofoca...!
¡Venid a refrescar este desierto
de mis áridos labios con las pomas
humedosas de miel de vuestros pechos!
Que vuestras carnes, en sus tibias combas,
cual los poros sutiles de los pétalos
dan al insecto su embriaguez de aromas,
me den a mí su seductor perfume..
¡Toda la esencia de sus flores todas!
¡Todo el dulce rocío de sus cálices!
¡Todo el grato licor de sus corolas!
¡Y dormirme, ebrio ya...! ¡Siempre soñando
con otro goce más...! Que me aprisionan
otros brazos mejores, y otros ojos
más fúlgidos me queman... ¡Y en las ondas
del piélago supremo, en los arrullos
del abrasante amor, sentir ansiosa
la divina epilepsia del deleite,
con avidez frenética de loca...!
¡Venid! i Que ya mi ceñidor desciende!
¡Mi túnica está suelta; ya pregona
la pasión delirante...! ¡Me parece
el mareo sentir de vuestras rondas,
oh, lúbricas hetairas...! ¡Vuestro pelo,
en viperina contorsión, retoza
en los rápidos giros de la danza...,
y las sedeñas vestes en la alfombra...,
y la gloriosa seducción sin velos
que vuestros regios cuerpos aureola...,
y los senos recónditos, que emanan
arábigas esencias voluptuosas...,
y los besos que sangran..., y las sangres,
embriagantes, dulcísimas y rojas...,
y la estrechez gratísima..., y el lánguido
desmayo de la dicha enervadora...,
y el hondo frenesí que al reino vuela
donde tiene el Delirio su corona...!

(Tomado de Rubén Darío, El viaje a Nicaragua e Historia de mis libros, VOLUMEN XVII DE LAS OBRAS COMPLETAS, Madrid, Mundo Latino, pp. 84-87)

Esta Safo, parnasiana y carnal, es un producto típico de los primeros decenios del siglo XX, ligada al modernismo hispanoamericano que emparenta de manera natural con el parnasianismo francés. Mi abuelo lo mecanografió en un momento en que aquella estética moría abruptamente, aplastada por los acontecimientos políticos, y todavía me pregunto cómo tuvo la ocasión (y el humor) de hacer aquella copia, entre intentos de huida y una pena de muerte que luego le fue conmutada.
Gracias a mi abuelo conocí a clásicos esenciales, como Homero o Epicuro, y en algún momento me decidiré a estudiar el canon de los autores grecolatinos en el pensamiento anarquista español, al que él pertenecía con orgullo. Su pseudónimo era Helios García, y ya apenas nadie sabe de estas cosas que, sin embargo, forman también parte de mi biografía y ahora también de mi curiosidad.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 10 de enero de 2016

Biblioteca Nacional de Irlanda: o la lectura como biografía

Cada vez habrá más gente que no comprenda cómo una lectura puede formar parte de nuestros recuerdos, de los más propios. La lógica parece implacable: si no lo vivimos nosotros mismos, si se trata de una experiencia ajena, ¿cómo va a formar parte de nuestra vida? Pero una lectura, una lectura vital, puede llegar a estar repleta de recuerdos tan genuinos como los supuestamente verdaderos. Por FRANCISCO GARCÍA JURADO.

Lo reconozco, mi forma de entender los viajes, el recorrido por las ciudades, tiene poco de curiosidad por lo nuevo. Esto me ocurre especialmente cuando voy (o, en algún sentido, "regreso") a ciudades donde se esconden mis recuerdos literarios. Soñé Dublín, como tantas otras personas, con el Ulises de Joyce en las manos, particularmente en la traducción española de José María Valverde (en concreto, la primera edición en la colección "Libro Amigo", de 1979, que coeditaron Bruguera y Lumen). La fotografía color sepia de Joyce que aparece en la portada de uno de sus dos míticos tomos se convirtió para mí en algo parecido a un amuleto, precisamente cuando tenía entre dieciocho y diecinueve años. Mi padre me preguntaba, con todo su natural cariño y preocupación, de qué me iba a servir la literatura a la hora de encontrar un trabajo. Y ante esa duda vital, que yo mismo compartía en silencio, me consolaba pensar en el tono cálido de la portada del libro, aunque esto parezca una tontería. De aquella lectura tan temprana del libro de Joyce (ya conocía el Retrato del artista adolescente, que me allanó mucho la difícil lectura del nuevo libro) recuerdo en especial cómo evoqué la erudita conversación que tiene lugar en el despacho del director de la Biblioteca Nacional de Irlanda o, para quien se oriente mejor por las geografías librescas, por el capítulo noveno. Allí, entre juegos de palabras con "Hamlet" y "Hamnet", se desarrolla una teoría que identifica al primero, el príncipe de Dinamarca, con el hijo muerto del propio Shakespeare, que comparte una pérdida semejante con Leopold Blloom, pues también había perdido a su hijo prematuramente. En definitiva, variaciones sobre las complejas relaciones entre padres e hijos. Este capítulo se convirtió, con los años, en uno de los ejemplos más significativos de lo que después he llamado "una historia no académica de la literatura", es decir, una manera libre de interpretar la lectura de los autores antiguos. Aquella conversación ocurrió en un lugar y un momento mítico. El lugar todavía queda en pie, pues se trata del mismo edificio donde hoy sigue estando la Biblioteca Nacional de Irlanda, un notable edificio decimonónico. Necesitaba acudir allí no tanto para rememorar el pasaje de Joyce como para reencontrarme conmigo mismo, con "el otro" que fui y que ya no seré, pero que todavía sigo siendo, para mi propia sorpresa. Así que cuando hace unos años visitamos Dublín, María José no tuvo ningún inconveniente, sino todo lo contrario, para que tuviéramos un primer encuentro con aquel vetusto edifico al caer la tarde, como paseo previo de lo que al día siguiente sería ya una visita en toda regla. En mi retina había una antigua fotografía de la verja de entrada (esa que aquí veis), fotografía que formaba parte de un lugar único que ahora iba a poder convertir en real gracias a mi propia mirada. No tuve problema en reconocer el emplazamiento de la vieja fotografía, a la que ahora conferí el color de una noche feliz, tamizada por las cálidas luces de los alegres pubs, y lugar real donde evoqué el recuerdo de una lectura que ha pervivido para siempre. Francisco García Jurado H.L.G.E.

jueves, 7 de enero de 2016

Hacia la Estación de Finlandia (San Petersburgo). Nuevo viaje sentimental

No sé si hoy día Lenin hubiera podido sortear el tránsito rodado e ir más allá de la estación de Finlancia, en la actual ciudad de Petersburgo, otrora Petrogrado y durante mucho tiempo, incluso, Leningrado. Hoy los automóviles hacen poco aconsejable cruzar desde la orilla del río Neva hasta ella, y esto fue lo primero que se me ocurrió al llegar, no sin esfuerzo, hasta aquel lugar mitificado por la Historia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE



Una vez más, para Jesús Ángel Espinós, que habita doblemente Petersburgo.

Sin embargo, aquel lugar un tanto inhóspito, gris y cargado de Historia, como el propio acorazado Aurora, alba de la revolución, me trajo el recuerdo de un emotivo libro de Edmund Wilson, precisamente el titulado “Hacia la estación de Finlandia”. Allí traza su autor la peculiar epopeya historiográfica de aquellos que soñaron la Historia para, quizá, convertirla en pesadilla, desde autores como Vico y Michelet hasta el mismo Lenin. Este libro era para mí completamente desconocido, y supuso una maravillosa laguna de saber. Últimamente he descubierto que las cosas que no conocemos son estímulos para seguir aprendiendo, señales de que seguimos vivos. Me fue dada la existencia de este libro en la salita de una casa sevillana, una noche. Fue María José Barrios quien me lo mostró con entusiasmo al leerme un párrafo delicioso de Michelet. El historiador francés recreaba, con plena conciencia de hacerlo, el mito renacentista de la imprenta, y convertía a su inventor en santo. Desde entonces, la estación de Filandia ha constituido para mí un doble mito, el del libro de Wilson y el del lugar al que su relato tiende, tan lejano en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Aquel día fue de intenso caminar por Petersburgo. Cruzamos el río Neva, tras recorrer los bellos canales de una ciudad que tanto me recuerda a Ámsterdam, pues ya conocéis nuestra pasión por recorrer las ciudades a pie. La ciudad nos pareció un paraíso tras haber padecido la lluvia y el humano frío moscovita. A Petersburgo fuimos, entre otras muchas cosas, para sentir los lugares donde había habitado el poeta Ossip Mandelstam, cuya evocación ovidiana yo estudiaba por aquel entonces. También nos estremecimos recordando las historias trágicas tanto de él como de los poetas de su generación, cuyas vidas sucumbieron bajo la suela comunista. Los recuerdos de la llegada al nuestra particular meta, tras no poco esfuerzo, son literalmente grises. Recuerdo que la estación de Finlandia es un frío edificio de estilo soviético donde aparece la estatua de Lenin, quizá uno de los pocos lugares donde todavía se justifica su presencia en una Rusia que intenta recrear con vehemencia la época de los zares. Materialmente nos sirvió para acceder a un servicio público y apenas es posible entender en su estado actual por qué la incipiente Historia del siglo XX dio allí semejante giro. La Historia termina convirtiéndose en relato, los muertos acaban siendo frías cifras, los pequeños anhelos de la gente normal se desvanecen ante las líneas maestras de los grandes acontecimientos, como nosotros nos habíamos desvanecido unos días antes frente a los imponentes edificios soviéticos. Por ello, una vez superé el mito de llegar hasta aquel lugar, ya sólo me quedó el libro de Edmund Wilson, unido al recuerdo de una cálida noche sevillana en una salita también llena de recuerdos, pero esta vez de recuerdos personales, del tamaño de nuestros sueños. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 28 de diciembre de 2015

El paisajismo hiperrealista de Julián Palazuelos

"Vista de Burdeos", de Julián Palazuelos
Óleo sobre tela
Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York
Sin duda, uno de los grandes pintores de estos comienzos del siglo XXI es Julián Palazuelos. Formado primero en Sevilla y luego en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ya en Madrid. Palazuelos ha sabido, no obstante su todavía corta edad, crear un estilo propio que podemos denominar justamente como "paisajismo hiperrealista". En la ilustración de este blog podéis admirar uno de sus más bellos cuadros: "Vista de Burdeos". El breve comentario que aquí haremos pretente resumir e ilustrar toda una filosofía pictórica. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Para Isabel, que ríe mientras escribo

La "Vista de Burdeos", actualmente expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo (MoCA) de Nueva York, nos ofrece un universo visual construido a partir de dudas y contrapuntos. El espectador poco avezado quizá piense, al primer golpe de vista, que se encuentra ante una fotografía, pero nada más incierto. Palazuelos, digno heredero de la tradición paisajística española del siglo XIX y comienzos del XX (desde Pérez Villamil hasta Beruete), al tiempo que hábil alumno del hiperrealismo de Antonio López, ha creado una serie de obras paisajísticas repletas de posibles miradas. En un principio, y vista de lejos, La "Vista de Burdeos" puede resultar atemporal, casi un bello grabado del siglo XIX. Pero debemos fijarnos depués en los inquietantes detalles.
Detalle del cuatro "Vista de Burdeos"
Los pequeños personajes que pueblan la obra son estrictamente contemporáneos a nosotros, hiperreales, y esto crea una suerte de melancólico anacronismo con respecto al conjunto. De esta manera, las técnicas pictóricas diversas y los temas nos llevan a visitar un pequeño mundo lleno de sorpresas. El hiperrealsimo de Palazuelos va, asimismo, más allá de la misma sensación de fotografía, pues logra crear una total ambigüedad tanto en la composición general de la obra como en el mismo cromatismo. Invitamos al amable y desocupado lector a que amplíe la vista del cuadro y se sumerja en el pequeño mundo de personajes que lo pueblan. Sentirá no sólo estar ante una dudosa fotografia, sino dentro de otro cuatro completamente diferente al que ha visto de manera sinóptica. Esta es la magia de Palazuelos y esta es también su grandeza.

(Estas notas están inspiradas en mi obra Historia imaginaria de la pintura contemporánea)

sábado, 26 de septiembre de 2015

Desconocidos, pero no anónimos

En el momento en que esto escribo, la lejanía de mi biblioteca me impide saber si Fernando Lázaro Carreter escribió algún "dardo en la palabra" relativo al actual abuso del término "anómimo" (como adjetivo o sustantivo) para referirse impropiamente a personas "desconocidas". Debería haberlo escrito en cualquier caso y vayan, por tanto, estas reflexiones en recuerdo suyo. Las personas que no somos famosas deberíamos, cuando menos, rebelarnos contra la imbecilidad de que se nos llame "anónimos". Porque nombre tenemos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Los tiempos bélicos suelen dar lugar, cuando pasan a ser historia, a monumentos conmemorativos. Entre ellos, suele estar el llamado monumento al "soldado desconocido". No sé si hoy, nuestros incultos gerifaltes, haciendo ostentación de su profunda y radical ignorancia, hablarían del "soldado anónimo". Asimismo, me llama la atención cuando en la televisión se habla sin rubor alguno de "gente anónima" para referirse a alguien que, sencillamente, no es famoso. Todavía recuerdo un chiste, creo que de Forges, publicado en EL PAÍS, donde alguien leía tal noticia: "SE PROPONE NO TRIUNFAR EN LA VIDA Y LO CONSIGUE". La clave del chiste está en la negación de un propósito que, aparentemente, todo el mundo desea: triunfar en la vida. Habría que pararse a pensar, sobre todo, lo que puede costar ese supuesto triunfo, sobre todo cuando se asocia con ciertas formas de fama. Asimismo, recuerdo otro chiste genial donde un señor firmaba en la parada del autobús un sinfín de autógrafos a sus vecinos. La leyenda del chiste era como sigue, más o menos así: "INDIVIDUO FIRMANDO AUTÓGRAFOS A SUS VECINOS TRAS HABER SODOMIZADO UN SOMORMUJO EN LA TELEVISIÓN LA NOCHE ANTERIOR". Naturalmente, la clave del chiste radicaba en cómo se logra la fama por cosas absurdas y abyectas. Legiones de personas desconocidas, llamadas por los periodistas "anónimas", pelean cada día por salir de ese desconocimiento y lograr tener un nombre mediático. Entonces pasan a llamarse VIPs, o "personas muy importantes" (me pregunto por qué o para qué), de manera que, pongamos por caso, cualquier cretino hijo de vecino que aparezca rebuznando en un programa de telebasura alcanza la categoría de famoso mientras un reputado médico que se pasa la vida salvando vidas tan sólo es un vulgar ser "anónimo". No me meto en estos desiguales repartos que dispensa la fama, tan sólo reivindico que las personas normales seamos, simplemente, "desconocidas" (a Dios gracias puedo ir por la calle libremente sin que nadie me mire por ser famoso o me pida autógrafos, o se haga fotos conmigo, salvo cuando voy a la India, claro está). La palabra "anónimo" se usa propiamente cuando algo o alguien no tiene nombre o lo quiere ocultar, pero las personas solemos tener nombre, aunque éste sea desconocido para los demás.
En cualquier caso, más allá de su impropiedad, este uso de "anónimo" por "desconocido" da que pensar a la hora de valorar lo que hoy se considera como fama. Desde los tiempos de Juan del Encima, que nos decía aquello de:

Todos los bienes del mundo
pasan presto y su memoria,
salvo la fama y la gloria.
El tiempo lleva los unos,
a otros fortuna y suerte.
y al cabo viene la muerte,
que no nos dexa ningunos.

han pasado muchas cosas, y hoy la fama y la gloria se han vuelto algo tan efímero como el resto de bienes del mundo. La fama se gana y se pierde al paso de los programas de televisión, y tan grande es la horda de aspirantes a esa efímera fama como el grupo de náufragos que, tras pasar unos días por las pequeñas pantallas, son arrojados de nuevo a sus orígenes de personas normales y corrientes. El escritor bohemio Cansinos Assens (en la imagen inicial) tituló uno de sus libros "El divino fracaso". En aquellos tiempos de comienzos del siglo XX los poetas y los artistas buscaban la fama y el reconocimiento. Hoy días los poetas, salvo alguna excepción, son considerados tan "anónimos" como cualquier hijo de vecino. Así son los tiempos. FRANCISCO GARCÍA JURADO