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martes, 15 de abril de 2014

La ciencia rodea al espíritu: el Divinity Hall de Harvard


Desde que conocí un poco el pensamiento transcendentalista de Ralf Waldo Emerson, posiblemente el primer filósofo norteamericano considerado como tal, siempre me resultó muy sugerente la identificación que hacía del ser humano con el universo. Era el siglo XIX, y el transcendentalismo no dejaba de ser en buena medida una forma de religión, que había importado de Europa el idealismo alemán para hacerlo propio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Para Ángel Sáez-Badillos, en grata memoria de su buen quehacer, 
y a mis antiguos compañeros del Grupo de investigación 
del Real Colegio Complutense (Harvard)

Fascinado por la aureola romántica del transcendentalismo, luego tuve noticia, ya dentro del mundo de la Tradición Clásica, de las traducciones que del griego había hecho un compañero y amigo suyo, Henry David Thoreau, que vertió al inglés dos tragedias de Esquilo, entre otras obras clásicas. El escenario natural de ambos autores es Nueva Inglaterra, y los imaginé impartiendo sus charlas en lugares como Harvard. Al fin pude ver, concretamente, uno de los escenarios de tales alocuciones, precisamente el Divinity Hall, que se encuentra, como era de esperar, en la Divinity Avenue (es memorable la alocución que Emerson impartió el 15 de julio de 1838 con el título “Acquaint Thyself at First Hand with Deity”). El edificio sigue allí, fabricado en ladrillo rojo y graciosamente simétrico, pero me llamó mucho la atención, y así se lo comenté a María José una soleada tarde, que aquel lugar se encontrara rodeado, más bien asediado, por una imponente facultad de Biología que lo cerraba por tres de sus lados. Ya más adelante, y tras pasar junto a invernaderos e instalaciones científicas varias, se llega a la Divinity School, que es un edificio más reciente construido en piedra y con evidentes aires de una Inglaterra soñada. Así pues, quedé muy sorprendido por el emplazamiento del viejo Divinity Hall, que yo imaginaba entre árboles centenarios, semejante a una de esas litografías coloreadas de la época. Esto mismo les comenté, de manera ociosa, a mis compañeros del grupo avanzado de investigación una mañana de alegre sol en que fuimos paseando desde el Real Colegio Complutense hasta la Divinity School de Harvard. Me apuntaron, entre bromas y veras, que aquello quizá tenía un significado simbólico. Pues bien, cuál habrá sido mi sorpresa cuando leo en las páginas de un libro del profesor Harry Levin, el gran comparatista de Harvard, unas reflexiones semejantes a las mías. En este caso, como ocurre en la dedicatoria de Borges a Leopoldo Lugones, no puedo ocultar cierta vanidad confundida ya con la nostalgia de un mundo que he tenido que dejar atrás. Me refiero al libro titulado “Contexts of criticism”, publicado en 1957. En el libro puede encontrarse, entre otros trabajos de gran interés, un estudio que se titula intencionadamente “New frontiers in the humanities”. “Fronteras”, pero no “barreras”, es lo que quiere precisar el profesor Levin al hablarnos sobre los límites y las relaciones entre los saberes. Así piensan los buenos comparatistas. No me resisto a reproducir el texto inicial de este trabajo, lleno de gracia y de impresiones relativas, precisamente, al Divinity Hall: “Looking toward this highly propitious occasion, looking out of my study window in the general direction of Waltham, I might have looked to a source of inspiration which has quickened many an American scholar. It so happens that my house in Cambridge is no more than a stone`s throw from Divinity Hall, where Emerson delivered his famous address on that very theme – no less a theme than man himself, the whole man, thinking and acting in a world where nature and idea are at one, and where yesterday emerges into today. But if I were to throw a proverbial stone, it would crash against the plate-glass windows of the more modern Biological Laboratories, which impede my view of the old Emersonian structure by surrounding it on three sides. On the fourth side it is confronted and, of course, overshadowed by the Peabody Museum of Archaeology and the Agassiz Museums of Natural History. I sometimes wonder what Emerson, who was so fond of parables, would make of this object-lesson in containment, which outflanks and exhibits the fragile sell of his dream for humanity – and for the humanities – as if it were a fossil preserved from some prehistoric epoch. The missing link in that scientific quadrangle, a new botanical building, is now under construction; and, as a consequence, Divinity Avenue has become a dead-end street. I refrain from pursuing the further implications of that impasse all the more willingly because, at the moment, it seems to be under public litigation.”
Este texto me ha devuelto a unos días gloriosos que ya son mi pasado, y a unas vivencias extraordinarias, tanto académicas como humanas.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

sábado, 5 de abril de 2014

Biblioteca Nacional de Irlanda: o la lectura como biografía

Cada vez habrá más gente que no comprenda cómo una lectura puede formar parte de nuestros recuerdos, de los más propios. La lógica parece implacable: si no lo vivimos nosotros mismos, si se trata de una experiencia ajena, ¿cómo va a formar parte de nuestra vida? Pero una lectura, una lectura vital, puede estar llegar a estar repleta de recuerdos tan genuinos como los supuestamente verdaderos. Por FRANCISCO GARCÍA JURADO.

Lo reconozco, mi forma de entender los viajes, el recorrido por las ciudades, tiene poco de curiosidad por lo nuevo. Esto me ocurre especialmente cuando voy (o, en algún sentido, "regreso") a ciudades donde se esconden mis recuerdos literarios. Soñé Dublín, como tantas otras personas, con el Ulises de Joyce en las manos, particularmente en la traducción española de José María Valverde (en concreto, la primera edición en la colección "Libro Amigo", de 1979, que coeditaron Bruguera y Lumen). La fotografía color sepia de Joyce que aparece en la portada de uno de sus dos míticos tomos se convirtió para mí en algo parecido a un amuleto, precisamente cuando tenía entre dieciocho y diecinueve años. Mi padre me preguntaba, con todo su natural cariño y preocupación, de qué me iba a servir la literatura a la hora de encontrar un trabajo. Y ante esa duda vital, que yo mismo compartía, me consolaba pensar en el tono cálido de la portada del libro, aunque esto parezca una tontería. De aquella lectura tan temprana del libro de Joyce (ya conocía el Retrato del artista adolescente, que me allanó mucho la difícil lectura del nuevo libro) recuerdo en especial cómo evoqué la erudita conversación que tiene lugar en el despacho del director de la Biblioteca Nacional de Irlanda o, para quien se oriente mejor por las geografías librescas, por el capítulo noveno. Allí, entre juegos de palabras con "Hamlet" y "Hamnet", se desarrolla una teoría que identifica al primero, el príncipe de Dinamarca, con el hijo muerto del propio Shakespeare, que comparte una pérdida semejante con Leopold Blloom, quien también ha perdido a su hijo prematuramente. En definitiva, variaciones sobre las complejas relaciones entre padres e hijos. Este capítulo se convirtió, con los años, en uno de los ejemplos más significativos de lo que después he llamado "una historia no académica de la literatura", es decir, una manera libre de interpretar la lectura de los autores antiguos. Aquella conversación ocurrió en un lugar y un momento mítico. El lugar todavía queda en pie, pues se trata del mismo edificio donde hoy sigue estando la Biblioteca Nacional de Irlanda, un notable edificio decimonónico. Necesitaba acudir allí no tanto para rememorar el pasaje de Joyce como para reencontrarme conmigo mismo, con "el otro" que fui y que ya no seré, pero que todavía sigo siendo, para mi propia sorpresa. Así que cuando hace unos años visitamos Dublín, María José no tuvo ningún inconveniente, sino todo lo contrario, para que tuviéramos un primer encuentro con aquel vetusto edifico precisamente por la noche, como paseo previo de lo que al día siguiente sería ya una visita en toda regla. En mi retina había una antigua fotografía de la verja de entrada (esa que aquí veis), fotografía que formaba parte de un lugar mítico que ahora iba a poder hacer real con mi propia mirada. No tuve problema en reconocer el emplazamiento de la vieja fotografía, a la que ahora conferí el color de una noche feliz, tamizada por las cálidas luces de los alegres pubs, en que evoqué el recuerdo de una lectura que ha pervivido para siempre. Francisco García Jurado H.L.G.E.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Hacia la Estación de Finlandia (San Petersburgo). Nuevo viaje sentimental

No sé si hoy día Lenin hubiera podido sortear el tránsito rodado e ir más allá de la estación de Finlancia, en la actual ciudad de Petersburgo, otrora Petrogrado y durante mucho tiempo, incluso, Leningrado. Hoy los automóviles hacen poco aconsejable cruzar desde la orilla del río Neva hasta ella, y esto fue lo primero que se me ocurrió al llegar, no sin esfuerzo, hasta aquel lugar mitificado por la Historia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE



Una vez más, para Jesús Ángel Espinós, que habita doblemente Petersburgo.

Sin embargo, aquel lugar un tanto inhóspito, gris y cargado de Historia, como el propio acorazado Aurora, alba de la revolución, me trajo el recuerdo de un emotivo libro de Edmund Wilson, precisamente el titulado “Hacia la estación de Finlandia”. Allí traza su autor la peculiar epopeya historiográfica de aquellos que soñaron la Historia para, quizá, convertirla en pesadilla, desde autores como Vico y Michelet hasta el mismo Lenin. Este libro era para mí completamente desconocido, y supuso una maravillosa laguna de saber. Últimamente he descubierto que las cosas que no conocemos son estímulos para seguir aprendiendo, señales de que seguimos vivos. Me fue dada la existencia de este libro en la salita de una casa sevillana, una noche. Fue María José Barrios quien me lo mostró con entusiasmo al leerme un párrafo delicioso de Michelet. El historiador francés recreaba, con plena conciencia de hacerlo, el mito renacentista de la imprenta, y convertía a su inventor en santo. Desde entonces, la estación de Filandia ha constituido para mí un doble mito, el del libro de Wilson y el del lugar al que su relato tiende, tan lejano en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Aquel día fue de intenso caminar por Petersburgo. Cruzamos el río Neva, tras recorrer los bellos canales de una ciudad que tanto me recuerda a Ámsterdam, pues ya conocéis nuestra pasión por recorrer las ciudades a pie. La ciudad nos pareció un paraíso tras haber padecido la lluvia y el humano frío moscovita. A Petersburgo fuimos, entre otras muchas cosas, para sentir los lugares donde había habitado el poeta Ossip Mandelstam, cuya evocación ovidiana yo estudiaba por aquel entonces. También nos estremecimos recordando las historias trágicas tanto de él como de los poetas de su generación, cuyas vidas sucumbieron bajo la suela comunista. Los recuerdos de la llegada al nuestra particular meta, tras no poco esfuerzo, son literalmente grises. Recuerdo que la estación de Finlandia es un frío edificio de estilo soviético donde aparece la estatua de Lenin, quizá uno de los pocos lugares donde todavía se justifica su presencia en una Rusia que intenta recrear con vehemencia la época de los zares. Materialmente nos sirvió para acceder a un servicio público y apenas es posible entender en su estado actual por qué la incipiente Historia del siglo XX dio allí semejante giro. La Historia termina convirtiéndose en relato, los muertos acaban siendo frías cifras, los pequeños anhelos de la gente normal se desvanecen ante las líneas maestras de los grandes acontecimientos, como nosotros nos habíamos desvanecido unos días antes frente a los imponentes edificios soviéticos. Por ello, una vez superé el mito de llegar hasta aquel lugar, ya sólo me quedó el libro de Edmund Wilson, unido al recuerdo de una cálida noche sevillana en una salita también llena de recuerdos, pero esta vez de recuerdos personales, del tamaño de nuestros sueños. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 7 de marzo de 2014

Sir William Hamilton, el Vesubio y el fracaso de la Ilustración

Nuestra experiencia visual y estética ante el vaso Portland en el Museo Británico supuso ya una perfecta tarjeta de invitación para conocer a este apasionante erudito del siglo XVIII llamado Sir William Hamilon (1730-1803). Otras circunstancias, como el hecho de haber estado casado con Lady Hamilton y, sobre todo, que ésta fuera amante del almirante Nelson lo han hecho popular en algunas películas y novelas históricas. Pero la figura del embajador y erudito llega mucho más allá de tales circunstancias. POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

Creemos que nuestra revelación final la tuvimos en el pequeño Museo Mandralisca, en la siciliana Cefalú, que devuelve al visitante la pasión desaforada por el coleccionismo. En nuestra biblioteca conservamos un voluminoso ejemplar dedicado, precisamente, a la colección de antigüedades que recopiló Hamilton, decorada al estilo de moda de la época, el llamado "estilo etrusco" (los antiguos Oxford Classical Texts también conservaban este estilo, cuyo color predominante es el marrón). El libro sobre las Antiquities se vendía al precio de 150 euros. Fue una suerte encontrar un ofertón por sólo un tercio del precio en una librería cercana a Cuatro Caminos, en Madrid. Y desde hace tiempo, los tonos cálidos de esa estética dieciochesca que mira a la Antigüedad, afín a las vedutte de Canaletto, han pasado a formar parte de nuestros pequeños ensueños cotidianos. Hamilton, ese británico afincado en Nápoles, representa el anhelo de tantos viajeros británicos que llegaban al sur de Italia en busca de un sueño. Como si se tratara de un nuevo Plinio el Viejo, Sir William Hamilton fue un curioso observador del Vesubio durante buena parte de su intensa e ilustrada vida. Más conocido en el mundo anglosajón, Hamilton fue embajador inglés en la corte de Nápoles entre 1764 y 1800 y empedernido coleccionista: una parte de sus vasos griegos y etruscos fue adquirida por el Museo Británico.
Sus libros sobre Antigüedades etruscas, griegas y romanas y Observaciones sobre el monte Vesubio reflejan perfectamente sus dos grandes pasiones como coleccionista y estudioso. Recibía a los jóvenes ingleses que realizaban el Grand Tour como viaje de formación y acompañaba a los visitantes distinguidos que acudían a Nápoles en peligrosas y asfixiantes excursiones hasta la cima del volcán. No en vano, fue uno de los promotores de la moderna vulcanología, y recopiló preciosas muestras de los diferentes tipos de lava y de piedra, no menos valiosas que sus colecciones artísticas. Durante una de las erupciones que tuvieron lugar en el siglo XVIII el volcán quedó desmochado y afeado. Si Plinio el Joven, al relatar su peripecia durante la erupción del Vesubio a Tácito, vio en la guerra de Troya el paradigma de la destrucción, Hamilton tuvo el referente más cercano en la invasión napoleónica de Europa, que puso fin a sus tiempos dorados junto al volcán. La escritora Susan Sontag escribió una gran novela, titulada El amante del volcán, acerca del peculiar trío que conformaron este personaje, su segunda esposa, Emma Hamilton, y el almirante Horace Nelson. De esta novela admirable nos quedamos con la discusión entre Hamilton y su sobrino William Beckford. El tío es un hombre ilustrado que sueña con la "felicidad pública" y la belleza, mientras el joven Becfkord es un prerromántico que sólo quiere su autosatisfacción y la experiencia de las cosas sublimes. En los jardines de Wörlitz, en la ciudad alemana de Dessau (Alemania), inspirados en los principios filosóficos y artísticos de la Ilustración, podemos encontrar un emotivo homenaje a Sir William Hamilton: un volcán artificial que reproduce a pequeña escala el Vesubio, y a cuyo pie se levanta un pequeño pabellón que evoca la residencia que ocupó el propio embajador en Nápoles.
María José Barrios Castro y Francisco García Jurado H.L.G.E.

jueves, 20 de febrero de 2014

Los peligros de la amistad

Roberto Tinfarano, Los (sanos) límites de la amistad, Trad. de Amado García. Madrid, Albalí editores, 2014, 206 páginas.

Hoy me permito traer ante mis lectores un libro que me ha dejado huella. Lo encontré hace unos días en la librería de la facultad, y me apetecía leerlo sólo por esa idea contestataria que propone ante un valor supuestamente universal: la amistad, especialmente cuando ésta no tiene límites. FRANCISCO GARCÍA JURADO


El profesor Tinfarano, antropólogo de los actualmente más reputados, enseña desde hace muchos años por las rectas calles que circundan la universidad de Turín. Es un hombre afable, y me lo imagino conversando amigablemente en algún remoto café al caer la tarde. Tinfarano ha escrito un libro que, en mi opinión, es digno de colocarse junto a las grandes obras dedicadas al tema, como el propio De amicitia de Cicerón. Lo que confiere personalidad a este nuevo libro es, sin embargo, el contrapunto que supone con respecto a una idea reconocida universalmente como buena. ¿Por qué cuestiona Tinfarano la amistad? La respuesta es aparentemente sencilla. Tinfarano rechaza de plano que la amistad se convierta en algunas sociedades, especialmente las meridionales, en el único medio para establecer relaciones interpersonales. Si no somos amigos de alguien, nadie nos seleccionará para nada. Si no tenemos amigos, no seremos nada. Cree Tinfarano que en los tiempos de Internet, donde es posible encontrar sin mayores dificultades a la persona más apta para cualquier cosa, por rara que ésta sea, la amistad como criterio exclusivo de selección es ya un anacronismo trágicamente cándido. La amistad es un gran sentimiento, qué duda cabe, pero llevada a los extremos del “o conmigo o contra mí” termina siendo un “arma de destrucción masiva social”, en opinión de este pensador acaso utópico. El propio Tinfarano cuenta cómo algunas personas a lo largo de su vida le ofrecieron una “amistad incondicional” que jamás resultó gratis. A cambio de esa amistad, se le requería una completa obediencia, una adscripción sin fisuras. “Así es como funcionan, ni mas ni menos, los partidos políticos”. Esta idea está muy arraigada desde los tiempos de la antigua Roma, donde el concepto de socius o de satelles está íntimamente ligado al de amicus. Por “amistad”, más de una vez, se encubre el servilismo más servil. Propone, por tanto, Tinfarano, una sociedad donde los criterios de relación humana se enriquezcan con nuevos elementos, y no exclusivamente con la amistad interpersonal que crea pequeños círculos de poder y opresión. Por ello, su propuesta no es contraria a la idea de amistad, sino que contribuye a dotar de límites éticos a la misma, de manera que no caigamos en los sempiternos comportamientos sectarios que apreciamos en nuestra vida cotidiana. Para ello, retoma una vieja oposición de términos latinos: amare en latín es “amar”, frente a diligere, que es saber elegir a las personas, aunque con un mejor grado de intensidad que amare, ya que en ésta elección concurren criterios racionales. Una sociedad “dilecta”, que realmente transcienda del clan o la tribu y configure el verdadero Estado, donde una persona con responsabilidad y poder pueda contar con alguien precisamente por su valía, y no por su servilismo, daría lugar a un nuevo tipo de amistad que dejaría de ser mera moneda de cambio. FRANCISCO GARCÍA JURADO  

lunes, 17 de febrero de 2014

El falso sarcófago etrusco del Museo Británico

A pesar de que el Museo Británico se resistió a aceptarlo durante bastante tiempo con toda su artillería académica, finalmente tuvo que reconocer que uno de sus hermosos sarcófagos etruscos era falso. No por ello, ese sarcófago, tan distinto e improbable al mismo tiempo deja de ser maravilloso. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Cuando menos, el sarcófago no era totalmente verdadero, pues a pesar de que estaba compuesto en buena medida por piezas realmente antiguas y etruscas, la suma resultante sólo era una falsificación. Supe de esta historia por primera en un artículo de el diario El País, y creo recordar que lo había escrito el inolvidable antropólogo y erudito Julio Caro Baroja. Ahora que he adquirido por librería de viejo su conocido libro sobre las falsificaciones de la Historia recupero fresca aquella noticia que quedó grabada en la memoria durante tantos años:

"Hay algunas falsificaciones de momumentos etruscos muy famosas. En 1873 ingresó en el Museo Británico un hermoso sarcófago. El propietario anterior había sido Alessandro Castellani, que lo había comprado a Pietro Perecelli, hermano de un escayolista del Louvre. Salomon Reinach sabía que, en su juventud, y estando al servicio del marqués Pietro Campana, este gran artífice había llevado a cabo restauraciones de fragmentos antiguos, que vendía a los turistas deseosos de llevarse algún recuerdo material de Italia. En última instancia también hizo falsificaciones completas. Por él supo Reinach que, con su hermano, había labrado el sarcófago de Cerveteri, que enterraron y luego descubrieron "como por casualidad". El director del Museo Británico interrogó a Perecelli, que primero confesó que era verdad lo de la falsificación, desmintiéndolo después. Pero las pruebas del hecho parecían evidentes. La inscripción estaba copiada de la de una fíbula que existía en París. La pareja representada no estaba en un kliné, como las de monumentos conversados en el Louvre o la Villa Giulia, sino en una caja rectangular, hábilmente compuesta de fragmentos de relieves, algunos de los cuales eran auténticos. Por otra parte, la indumentaria de la mujer y la desnudez y postura del hombre eran impropios de un banquete funerario. La resistencia a retirar la obra duró varias décadas, pero al fin fue retirada de exposición pública." (Julio Caro Baroja, Las falsificaciones de la Histoira (en relación con la de España), Barcelona, Seix Barral, 1992, pp. 21-22)

Pues bien, las cronologías son a menudo juguetonas con los propios hechos. Un año antes de la publicación de este libro, en 1991, tuve la suerte de adquirir en un puestecillo de libros viejos alojado dentro del claustro de la facultad de Derecho de la Universidad de Ámsterdam una vieja postal del Museo Británico con la siguiente leyenda: "Etruscan Terra Cotta Sarcophagus. Sixth Century B.C. From Cervetri (Room of Terra Cottas). British Museum. Printed at the Oxford University Press". Se trata de la preciosa reproducción que aparece al comienzo de este blog. En algún momento leí el texto de Caro Baroja, más o menos como he reproducido más arriba, pero lo recuerdo en el formato de una página de diario. Desde entonces siempre tuve la razonable sospecha de que aquella postal antigua no reproducía otra cosa que una falsificación, pues se trata de un conjunto escultórico demasiado brillante y diferente como para ser real. No soy capaz de rescatar aquel texto periodístico de Caro Baroja (puede que se tratara de un avance o resumen del libro que estaba a punto de publicar) y, lo que es todavía peor, no encuentro en internet imagen alguna de este supuesto sarcófago (si bien luego, una amable persona me proporcionó datos al respecto). Me pregunto si aquella preciosa mentira quedó oficialmente borrada, una vez se descubrió que era mentira, y hoy sólo aparece en las amarillentas fotografías de comienzos de siglo XX. Os invito a consultar, no obstante, el precioso catálogo de M. Jones titulado Fake?: the art of deception (University of Carolina Press, 1990) (http://books.google.com/books/about/Fake.html?id=LaUnOztbkP4C), con información interesantísima sobre el sarcófago.

En todo caso, la moraleja de esta historia es que, por paradójico que nos parezca, LA MENTIRA SE VUELVE PARTE DE NUESTRA HISTORIA y, a su manera, su recuerdo es también una forma de verdad. En todo caso, mi principal propósito en este blog era que vierais unidos el texto de Caro Baroja y la antigua postal, que como tal postal es indudablemente una joya. Esto demuestra otra de mis inquietudes, que LA BELLEZA ES AJENA A CIRCUNSTANCIAS TAN SUTILES COMO LO QUE ES VERDAD O MENTIRA.
Francisco García Jurado H.L.G.E.

viernes, 14 de febrero de 2014

¿"Parir" o "marir"? En torno a "monomarental" y la imbecilidad política

Que conste que este texto no tiene ningún afán crítico, y que cuando llamo "imbéciles" a los políticos lo hago con mi mejor afán pedagógico, pensando en el sentido que en latín tiene semejante palabra, es decir, la debilidad producida por la carencia de un buen bastón o báculo de apoyo (intelectual, en este caso). El caso es que esto que ahora voy a relatar yo tampoco me lo creía, es más, imaginé que era una noticia propia del día de los inocentes, pero fuera de fecha. Sin embargo, era cierta: en uno de los programas políticos (me da completamente igual el partido concreto) se maneja el neologismo (¿?) "monomarental" (tal como puede leerse) para sustituir al de "monoparental". Relacionar a "monoparental" con "padre" es un error sólo achacable a la imbecilidad profunda que inunda las mentes de nuestros gestores y políticos..., de todos. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGEAntes de seguir leyéndome, y por si aún no creéis lo que os digo, os envío directamente a la noticia, que no me la he inventado:
http://www.europapress.es/epsocial/politica-social/noticia-psoe-dice-termino-monomarental-no-excluye-padres-solteros-divorciados-20110503195205.html
Mi amiga Rosa me hizo llegar semejante joya hace ya tiempo, precisamente cuando me encontraba pensando en una nueva entrada para este blog, de manera que no tuve que pensar mucho más en un posible tema para escribir. Como puede verse, la noticia gira en torno al problema artificial de que, una vez queda sustituido el esperable término "monoparental", aplicado a la familia compuesta solamente por una madre o un padre, el término resultante, "monomarental", parece excluir a los segundos. Está claro que quien ha acuñado semejante voz está pensando por aproximaciones fonéticas. Es oportuno que intentemos reproducir el proceso de pensamiento (por llamarlo de alguna manera) emprendido por la persona creadora de este nuevo vocablo: el término "monoparental" suena a "¿padre?, ¿pare?", y éste término evoca para la persona en cuestión la masculinidad de manera exclusiva, por lo que podemos adivinar. Seguimos intentando reproducir el argumento: si las familias monoparentales españolas están en su mayoría conformadas por una madre y sus hijos, ¿por qué no darle a éstas una denominación "más específica", precisamente, y hacer que residualmente el nuevo término también se refiera a los pocos padres que pueden estar en esta situación de estar solos, sin pareja y al frente de los hijos? No cabe entrar aquí en cuestiones políticas o, más concretamente, de corrección política, es decir, aquellas que intentan favorecer el reflejo de una nueva realidad mediante la adecuación del lenguaje a nuevos usos y costumbres. El problema está en que la premisa mayor del argumento, es decir, relacionar "monoparental" con "padre" (en sentido masculino) es un error que sólo puede achacarse a la más terrible de las imbecilidades intelectuales o estulticias... "Monoparental", compuesto del griego "mono-" (único) y "parental", referido a la madre o al padre, tiene que ver con el término PARIENTE, no con PADRE. Nuestros padres (madres) son, por tanto, nuestros parientes más cercanos, y lo más divertido es que "pariente" parece ser el participio de presente del verbo "PARIR" en latín. De esta forma, la persona a la que de manera más estricta cabe asignarle el término de "pariente" es a nuestra propia madre, es decir, la que nos ha parido. Por extensión, luego pasa a designar al padre y a los demás familiares con los que guardamos una línea cosanguínea.

Cabe pensar, no obstante, que la persona que ha dado a luz ("ha parido") esta palabra sea, más allá de las meras y ensidiosas ataduras etimológicas, una consumada lectora del Crátilo de Platón, o de la Ciencia Nueva de G. Vico, y se haya sentido demiurga del lenguaje, con lo cual se ha visto inspirada para dar ser al nuevo vocablo sólo por una cuestión de afinidad fonética o estética. Por esta razón, le ha parecido que la "P" de "monoparental" es de por sí poco dada al género femenino, por lo que ha recurrido a redecorar la palabra mediante una hábil "M". En ese caso, debe pensar que esto va a tener consecuencias inmediatas en todas aquellas palabras que tienen que ver con "pariente" y, especialmente, con la palabra "PARIR". Según esta modificación, cuando una mujer dé a luz tendrá que decir que "MARE" o que "ESTÁ MARIENDO", y no que "PARE" o "ESTÁ PARIENDO", dejando este último término para los hombres, en caso de que ellos sean capaces alguna vez de hacer algo semejante (decía un inteligente dominico que conocí muchos años atrás que si los hombres tuvieran que parir el aborto sería un sacramento). El "parentesco" y la "parentela", por su parte, deberán quedar sólo para las líneas de familiares "masculinos" (o "pasculinos", si aplicamos con precisión esta neolengua orweliana), de manera que habrá que acuñar nuevos términos como "MARENTESCO" y "MARENTELA" para todo lo relativo a lo femenino.

No hay nada más nefasto que un político metido a gramático o lingüista, pues es cuando comprobamos con meridiana claridad la imbecilidad, es decir, debilidad (intelectual) que preside su cabeza. Desde el emperador Claudio, que intentó imponer nuevos grafemas para ciertos sonidos del latín, sin éxito, hasta Stalin, que, según nos cuenta Cerni en su genial Historia de la lingüística, quiso pasar por el mayor lingüista de la Historia durante los más oscuros tiempos de la URSS, estos engendros y mostruosidades se han repetido una y otra vez. Cabría escribir, de hecho, una historia de las palabras creadas por la imbecilidad. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO